CACHICADÁN: Vivencias y relatos de antaño

Solapa

Fidel Velasquez YncaÁngel Fidel Velásquez Ynca, es un hombre extraordinario, porque se ha realizado a pesar de las vicisitudes de la vida en su propio pueblo natal, hasta llegar a ser un ciudadano valioso, corno educador, como autoridad y como escritor Esta última faceta ha motivado la presente nota.

Hijo de padres cachicadanenses: don Santos Velásquez Miñano y doña Dorila Ynca Jara, nace en Cachicadán el 31 de Mayo de 1930 y recuerdo haberle conocido en su casita del Angla en Cachi­cadán, durante su primera infancia, junto a su madre y a su pequeña hermana Asunción. Después de estar yo ausente de Cachicadán y al volver en 1950 para trabajar como docente, me encontré con Fidel ya como un joven sastre que volvía de la costa con el ideal de hacer progresar a su tierra.

Por este tiempo se hizo miembro de la Iglesia Cris­tiana Evangélica del pueblo; pero pronto volvió a ausentarse, porque se .fue a estudiar para Pastor Evangélico en el Instituto Bíblico de Chiclayo. En esta etapa nos conocimos más; luego contrajo matri­monio con mi hermana menor Filodamia Alfaro Rei­na, y se fueron a trabajar varios años en Cajabamba.

En Santiago de Chuco, la tierra del gran poeta César Vallejo, se establece familia Velásquez Alfaro para predicar el Evangelio en el   año de 1967.

Para Cachicadán, el 60 fue la década de oro. En ella se crea, por primera vez, la educación secunda­ria y la educación superior en la forma de Escuela Normal "Indoamérica": todo ello por obra del Muni­cipio que presidía Martín Deza. La juventud del Bal­neario Termal y de los pueblos cercanos vivieron entonces una intensa mística de progreso, de cultura y de bien. Esta historia es la riqueza anímica del pue­blo de Cachicadán.

 


 

 

Libro Fidel Caratula

 


 

 

CACHICADÁN

Vivencias y relatos de antaño.

Ángel F. Velásquez Ynca

 


 


CACHICADÁN

Vivencias y relatos de antaño.

Ángel F. Velásquez Ynca

Primera Edición

Copyright © 2004 Trujillo Perú

Diagramación: Luis A. Córdova Velásquez.

Impreso: ABC Publicidad S.A.C.

Telf. 207971 - Trujillo

PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN PREVIA AUTORIZACIÓN DEL AUTOR

Impresoen Perú

Printed in Peru

 



A  la  memoria de los hombres olvidados de mi pueblo que ayer vivieron en Cachicadán.

Y a la de mi inolvidable primo Jorge Velásquez Castillo, educador y hombre sencillo, con quien anduve en mi niñez.



Cuando salí de mi tierra

(Canción)

Cuando salí de mi tierra

de nadie me despedí,

mis piedras lloraron sangre

y el sol no quiso salir.

Me llamaron por mi nombre,

que triste, no lo escuche;

pobrecitas mis piedritas

ya no los volveré a ver.

Por conocer otros lugares

a mis padres abandoné,

dejé mi tierra querida,

pensando yo regresar.

Hoy mis padres están muertos

y lloro mi soledad;

adiós Cachicadán querido.

ya no te volveré a ver.

Así ha sido mi destino

para ya no regresar;

ya no lo veré a mi pueblo,

ya no lo veré jamás.

Asunción Velásquez Ynca

Trujillo, Agosto del 2000



Contenido

Prólogo                                                     11

Proemio                                                   15

Tarde de toros                                       19

El último zorro                                      27

El manantial de los enamorados    45

Los molinos hidráulicos                     61

Los carnavales                                       69

La semana santa                                    75

Huaychaca                                               81

 



Prólogo

Fue una sorpresa recibir "CACHICADÁN - vivencias y relatos de anta­ño", lo leí dos veces y considero que es un valioso aporte al desarrollo y a la cultura, especialmente de los pequeños pueblos un tanto abandonados. La gente progresista" emigra a otros lugares más importantes del país y también del extranjero; la juventud sale y no vuelve más, para plantarse en su tierra y compartir lo que han ganado y lo que puede dar. Ese es el mérito de Fidel Velásquez, porque silenciosamente, trabaja, lucha; sin duda que sufre y goza también, para hacer patria, su patria chica, por eso empieza diciendo en su proemio: «Amo a mi pueblo con inmenso amor".

No soy especialista en literatura, pero me gusta leer y también escribir un poco. Es mi gran anhelo que la gente lea mucho y también escriba. Hace 4 años, en la columna editorial de la revista "CACHICADÁN", celebrando el 1er centenario de distrito, nuestro grito era LEER LEER y LEER y escri­bir libros. Ya hay respuestas, es el cuarto libro que llega a mis manos. Adelante escritores de Cachicadán!

Quiero hacer una breve apreciación del esfuerzo que significa "Cachica­dán, vivencias y relatos de antaño" y de lo que vale para el lector ávido en conocer el pasado de su pueblo.

EL ÚLTIMO ZORRO

El autor presenta vividos pasajes del pueblo de Cachicadán en sus inicios, de la vida pastoril, cuando la agricultura y el pastoreo eran sus únicos medios de vida. Esa vida mágica, en que el hombre, confundido con la naturaleza, conversaba con los animales, las plantas y los cerros, luchaba con ellos pero también los amaba.

TARDE DE TOROS

Es un relato más cercano en el tiempo, por lo tanto más realista. Era una de las costumbres, parte de la religiosidad popular, que constituía la diversión del pueblo. Era una costumbre heredada de la colonia, caracterizada por su crueldad para con los animales, en el caso de los toros de muerte; usando bien el alcohol, tanto para embravecer a los toros, como para "alegrar" y envalentonar a los hombres.

EL MANANTIAL DE LOS ENAMORADOS

En este relato se revive dos temas infaltables en la vida de los pueblo agua y la vida romántica, especialmente en la juventud. El fondo es siempre un hermoso paisaje en el cual se desenvuelve la acción de las parejas de enamorados. La tristeza del puquio, por que ya no tiene agua, es la tristeza del hombre del barrio `"El Rosario", ante el problema del agua como elemento vital; pero, que a la vez, reacciona proveyéndose y utilizando los medios modernos como son las cañerías para traer el agua de lejos.

LOS MOLINOS HIDRÁULICOS

Son los molinos de todos los pueblos de esos tiempos, movidos por agua. Tienen especial importancia porque significan un paso importante del hombre para resolver una necesidad doméstica, de ayudar a la mujer que tenía que moler los granos para alimentar a la familia. Es al mismo tiempo una tecnología propia y al alcance del poblador, por el uso de recursos locales como son la piedra, la madera y el agua. Su principal limitación era que solamente funcionaba los meses de lluvia; por eso, tan luego llegaron los molinos mecánicos movidos a combustible o corriente eléctrica, los molinos hidráulicos pasaron al olvido.

LOS CARNAVALES

Así como la corrida de toros, los carnavales son costumbres muy antiguas; constituyen diversiones populares arraigadas, que en cada pueblo adquieren características propias. En Cachicadán, a principios del siglo pasado, sobresalen los partidos carnavaleros rojo, verde, etc., las comilonas familiares, el "palo cilulo", y la entrada y despedida de "Ño Carnavalón", que era un personaje disfrazado y bromista. Con la llegada de la radio y la televisión los carnavales perdiendo su importancia, en su influencia recreativa.

LA SEMANA SANTA

La Semana Santa, que también es herencia de la colonia, y en contraste con la Corrida de Toros y el carnaval, es una costumbre religiosa muy seria y que, sin duda, tenía el propósito de influir en la vida religiosa y moral de la gente. Los "estandarteros" para cada día de la Semana Santa eran designados obligatoriamente, teniendo que repartir dulces al pueblo, para asistir con su vela a las solemnes procesiones. Mucho de esto ha cambiado, ya no hay estan­darteros obligados ni reparto de dulces, ni los temidos penitentes. Ahora la Semana Santa es más cristiana, más espiritual

HUAYCHACA

Es un relato muy serio e importante, de gran valor literario y conceptual por la forma que el autor lo presenta.

Huaychaca es el nombre del río que recoge las aguas de los pueblos de San­tiago de Chuco, Cachicadán, Quiruvilca, Santa Cruz de Chuca, Angasmarca y las entrega al caudaloso río Santa, para irrigar CHAVIMOCHIC, la gran despensa del Perú.

Hay dos obras abandonadas en el río; el puente Huaychaca, destruido por el furioso fenómeno del niño de hace 4 años y la Central Hidroeléctrica de "Huaychaca", paralizada cuando llegó la corriente eléctrica de Huallanca.

El autor, cual bíblico profeta, clama en el silencio. Añora el pasado vigo­roso, se duele del presente en abandono y sueña con un futuro promisor para su Cachicadán; cuando se de vida a la agricultura, a la ganadería y a la indus­tria turística con una carretera asfaltada, siguiendo el margen derecho de los ríos Huaychaca, Chuquicara y Santa, llegando a Trujillo en 4 horas desde Cachicadán.

Río "Huaychaca" es para el autor también un grito de justicia social, porque en su puente de Arcos entregó su vida el recordado "Moshco" Castillo, por levantar su voz de protesta contra el abuso y la injusticia de su tiempo.

"Huaychaca" no es solamente un relato literario, es un tema de trascen­dencia para el pueblo y la juventud, es el reto y la bandera de lucha que Ángel Fidel Velásquez Ynca entrega a las nuevas generaciones, cuando dice "Adiós Huaychaca de mis trajines".

Trujillo, Octubre del 2004.

Prof. Carlos Alfaro Reina

 



PROEMIO

Amo a mi pueblo con inmenso amor. Llevado por este cariño y consagración al terruño; escribo estas páginas un tanto novelescas quizás, pero basadas en una realidad vivida en los cuadros naturales del medio ambiente cachicadanense y que acontecieron en el tiempo que pertenece al pasado, pero que está presente en los recuerdos de algunos viejos que aún viven todavía.

Las nuevas generaciones viven su realidad presente, pero sin conocer el desarrollo del acontecer costumbrista de las generacio­nes pasadas, que se ha ido perdiendo en la tradición misma, con el transcurso de los años.

Impulsado por mi afición de escribir, he querido plasmar en el papel algunas circunstancias ocurridas cuando era niño y más tar­de cuando fui adolescente. Estas me impresionaron profundamente.

"TARDE DE TOROS", es una narración taurina, tal como se realizaba costumbristamente en la Feria Patronal de la "VIRGEN DEL CARMEN". Los nombres de los personajes son verdaderos, la mayoría de ellos han muerto, pasaron hasta hoy desapercibidos e ignorados, a pesar de haber cumplido una labor muy importante durante muchos años en las lides taurinas que se realizaban en la hoy Plaza de Armas según las costumbres de la época. Esta es la razón porqué se trata de resaltar y rescatar esos tiempos inolvida­bles.

"EL ÚLTIMO ZORRO", es un relato en forma de cuento utilizando la imaginación de lo que sucedió en antaño con el último zorro que quedó por los alrededores de Cachicadán, el cual terminó sus días en una chacra de maíz. El zorro protagonista, el nombre de los pe­rros y los nombres de las personas son reales, también el de los lugares que se mencionan y que conforman el escenario donde desenvuelven los hechos.

Lo sucedido con las ovejas de doña Dora en el "Angla" son experiencias que se dieron y quedaron grabadas en la mente del chico pastor y en el instinto de su perro "Campeón". Es decir, es un relato respaldado de veracidad. En el mismo sentido, el desenlace del zorro y los perjuicios que ocasionó en el vecindario. No así adornos literarios que sólo se han tomado para hacer mas interesante el relato.

"EL MANANTIAL DE LOS ENAMORADOS", descrito con características novelescas, presenta el relato de lo que fue la gran fuente de agua conocida con el nombre de "EL PUQUIO". De allí una gran cantidad de gente del barrio "El Rosario" acarreaban su agua baldes y latas, circunstancias que permitieron convertir al manantial en lugar especial donde los jóvenes esperaban a las jovencitas para conquistar sus corazones y así comprometerse como enamorados.

"EL PUQUIO" existe hasta el día de hoy, quizás olvidado. Talvez algún día se pueda hacer justicia al gran servicio que prestó haciendo algo que perennice su nombre.

El estilo literario que se utiliza respecto a los idilios, cumple una función de relación entre los personajes y el acontecer circunstancial que se realiza en el paisaje y sus elementos.

Los nombres de los personajes corresponden a jóvenes de esos tiempos que el autor está tomando como protagonistas y a quienes conoció personalmente.

"LOS MOLINOS HIDRÁULICOS", existieron cerca de las orillas de la "Quebrada Grande" hacia abajo del hoy "Puente de la Confraternidad". Cumplieron un rol importante en las actividades cotidianas de la población al convertir los granos en harinas; reemplazando de este modo al "chungo y batán" de nuestros antepasados y aliviando en mucho el desgaste de fuerzas de las amas de casa además de mejorar la economía de los propietarios. Otros molinos existían en el "Alto Perú", "el Ingenio", "Picomas" y "La Granja”.

En este relato se trata de resaltar, mejor dicho; recordar a los molineros y algunos usuarios utilizando ciertas formas de conver­sación relacionadas con el contexto de ese tiempo.

"LOS CARNAVALES", que en algunos años se celebraba en febre­ro y otros en marzo, era una fiesta del pueblo que se iniciaba algu­nos días antes de la Cuaresma, estaba acompañada de algunas cos­tumbres que se mencionan en este tema. El carnaval de antaño no es el mismo de hoy, es por ello que su reminiscencia nos trae la nostalgia de tiempos mejores y de costumbres que se fueron para no regresar.

"LA SEMANA SANTA", tenía una expresión de religiosidad que se hizo costumbre y pasó de generación en generación volviéndose tradición. Quienes lean estos párrafos encontrarán en forma sucinta como era la forma de celebrarlo.

"HUAYCHACA", Es una apreciación ligera del río que lleva este nombre; en ella se mencionan de paso algunas cosas que sucedie­ron allá abajo entre el puente de arcos y la cuesta en el camino a Santiago. El río y el camino fueron testigos de crueldades e injusti­cias que siempre se trataron de acallar y ocultar. Asimismo muchas víctimas cobraron las aguas en sus crecidas, pasando todas ellas por el "río llorón", mas abajo por las playas pedregosas.

Estos relatos conforman la presente obra que como ya se ha dicho, tiene la virtud de rescatar algunas vivencias ocurridas en el Cachicadán de ayer, cuyos datos pueden servir para la Historia.

Quien sabe si después de doblar la última página de estos rela­tos, se conocerá la importancia del porqué han sido escritos. Cada uno de ellos tiene un mensaje para nuestros días que se debe entender e interpretar a fin de conservar la relación del pasado con el presente.

El Autor.

 



TARDE DE TOROS

Tarde de toros en Cachicadan

El jinete, en brioso corcel, daba vueltas y mas vueltas alrededor de la pequeña plaza de armas de Cachicadán, ante el grito ensorde­cedor de ¡Tío pacáaaaaa¡, ¡Tío pacáaaaaa! y del silbido de la gente abarrotada en las barreras, en los balcones del "Cabildo" y de las casas que circundaban el improvisado coso. Desde su caballo, ja­deante y sudoroso, con montura y riendas adornadas con piezas de plata relucientes, el tío tiraba las naranjas y las limas hacia ellos haciendo gala de fiel devoto de la " Virgen del Carmen". Era la tarde del 26 de septiembre de 1940. Todos los años el pueblo cele­braba su fiesta patronal en honor a la Virgen del Carmen desde el día 23 empezando por el Alba, el 24 día de "Doces" y el 25 era el "Día Central", en el que los devotos sacaban a la imagen en imponente procesión.

El 26 en la mañana era la adoración y por la tarde comenzaba primera corrida de toros a la criolla que en esta ocasión no podía faltar, caso contrario la fiesta habría estado mal. Esa tarde la genteprocedente de diferentes lugares, se desplazaba por las empedradas calles dormidas de la localidad en dirección hacia la plaza para dar gusto a sus ojos, ávidos de ver la corrida de toros. La pequeña plaza todos los años se constituía en coso de lidia taurina y resultaba pequeña para tal fin. Se construían fuertes barreras con madera de eucalipto en las cuatro esquinas de la mencionada placita. Desde tempranas horas el público había copado el cabildo, los balcones de don David García, de la familia Gallardo, de doña Vitalia Narváez, de don Artemio Miñano, el campanario y otros balcones como de doña Rosa de Arana, doña Francisca Paredes, las barreras los balcones de don Augusto Miñano, doña Manuela Salvatierra de don José Carranza. Ese era el escenario del momento cuando el comisionado de la corrida con aire de gran chalán se confundía el griterío y el sonido de las explosiones de los cohetes y de la cordeladas, así como de las zorras que lanzaban buscapiques por todas partes.

La banda de músicos de Cachicadán, dirigidos por don Hernán Pérez, apostados en el atrio de la iglesia ejecutaban piezas musicales escogidas de su repertorio alegrando la tarde taurina iluminada de sol. Las notas producidas por los instrumentos mezclados los golpes de las avellanas se perdía más allá de los ámbitos del pueblo. Podía escucharse muy bien los sonidos producidos por los bajos de don Raúl Llajamango y de don Miguel Herrera que inconfundibles, la trompeta de Roberto Reyna que soplaba a reventar conjuntamente con la de Genaro García. Emocionados con la música instrumental, en el centro de la plaza los paisanos bailaban alegres marineras y huaynos con inconfundibles movimientos de pañuelos y de zapateo.

Había que ver la elegancia y lujo en el vestir de los coterráneos que regresaban de Lima, Trujillo, Chiquitoy y Cartavio a la fiesta de su pueblo.

-¡Hola, cómo estás!, he venido a la fiesta, pero ¡ojalá que no yueva! decían algunos. Otros decían: - ¿Cómo te yamas?, casi no recuerdo de tu nombre. Bueno me voy, ¡me yama mi tío!. Todos estaban muy "acosteñados". Las señoritas no podían caminar con zapatos de taco en las veredas empedradas y se quejaban que el piso era disparejo y que les había salido "ampoyas" en los pies. Por tal motivo no pensaban regresar el próximo año.

Los jóvenes del pueblo muy ataviados con chalina en el "pescuezo", vestidos de ternos de casimir o de tela de "diablo fuerte" y con sendos sombreros de paño, junco o de palma, parados en sitios vistosos o dando vuelta por la plaza, miraban a sus enamoradas que se encontraban sentadas en los balcones intercambiando miradas que parecía que se les salía el corazón.

En las cantinas se oía el sonido producido por los vasos y bote­llas de chicha y cerveza que algunos parroquianos libaban en medio de discusiones y de habladurías que terminaban con insultos. Así de repente se armó una pelea, los contrincantes salieron a la calle y empezó la reyerta.

¡Éntrale cholo!, exclamaba uno de ellos, ¡hoy nos comemos los hígados! ¡me comes o te como!.

¡No ves que es fácil!. ¡Pobre desgraciao!.¡Hoy te voy hacer chapo las narices y te voy a moler las costillas!. ¡Yo soy muy hombre!, respondió el otro.

Siguieron los insultos con palabras subidas de tono y sin más ni menos se trenzaron a puñetazos y puntapiés. Los espectadores se arremolinaron formando círculos para gustarse de la pelea. En el centro, los dos rivales seguían en feroz pugilato, parecían dos car­neros salvajes embravecidos. Se oía a lejos los fuertes golpes de las trompadas y cabezazos; a ambos les corría chorreante la sangre por las narices. Nadie quería apartar la pelea ¡déjenlo de dos a dos na­die se meta! decían otros borrachos.

-¡Por favor, sepárenlos, se van a matar!, intercedían algunas mujeres. No obstante, no había tregua. El gobernador que había advertido la pelea acudió con su "comandante" y sus "auxilios' detuvieron la pelea haciendo gran esfuerzo; ambos tenían los pómulos y los ojos hinchadosy las camisas manchadas de sangre. Por provocar desorden en plena plaza fueron encerrados en los calabozos del cabildo hasta el otro día.

Los minutos pasaban y entre tanto seguían las explosiones los cohetes y de las cordeladas. La banda de músicos seguía amenizando el momento con una alegre marinera norteña que invitaba bailar. De pronto por una de las esquinas aparecieron cuatro jinetes montando sus caballos de paso a todo galope con el sombrero alto y con pañuelos rojos en el cuello. Se notaba que estaban "mareados" a juzgar por la manera en que se doblaban sobre la montura hacía delante, hacía atrás, hacía los lados. Llevaban una alforja sobre el hombro de la cual sacaban las frutas para tirarlas por diferentes direcciones donde el público se encontraba. Era así la costumbre tradicional del "tío pacá".

Concluido este número comenzó el desfile de la cuadrilla de toreros acompañados del Gobernador; del Alcalde, de los Jueces Paz y del Mayordomo, quienes partieron del atrio del templo para dar la vuelta clásica alrededor de la plaza al son de una marca especial ejecutada por la Banda de Músicos y ante la algarabía los concurrentes, expresada en gritos y aplausos.

La cuadrilla estaba conformada por los toreros de apellido Vílchez, vestían camisa y pantalón blancos, boinas de diferente colores fajas rojas en la cintura y zapatos llanos especiales para la lid. Llevaban bajo el brazo sus capas rojas. La cuadrilla en esta tarde integraban: César, Obdulio y Segundo, ellos llevaban en las venas la sangre de toreros, heredada de sus antepasados: Don Tomás don Adelmo. También estaba presente el popular don Ismael Vílchez, personaje muy estimado y respetado, a quien se le conocía como el "cojo", por tener una pierna que no la podía doblar debido posiblemente a algún accidente. Este señor nunca se perdía una corrida, inclusive participaba algunas veces en el toreo. Siempre montado en su caballo amaestrado semejando a don Quijote de la Mancha en su "Rocinante". La cuadrilla era aplaudida a medida que daba la vuelta por el ruedo, jubilosos con las boinas en alto recibían los vítores de la afición ávida de espectar la corrida.

Las autoridades pasaron a ocupar sus asientos en el balcón principal del "Cabildo", la Banda de Músicos se ubicó nuevamente en el atrio del templo y los toreros quedaron en una esquina listos para cumplir su faena taurina frente a su público que impaciente lo esperaba.

Los toros se encontraban en el toril del "cabildo" desde el día anterior. Adentro, los laceadores expertos en estos menesteres: Don Miguel y don Francisco Valencia se afanaban en poner los lazos en los cuernos del toro, acción que resulto fácil a pesar de que éste trataba de esquivarlo. Una vez laceado, lo pusieron una soga larga, la misma que lo amarraron en la barrera de la esquina entre el templo y la casa de doña Margarita Salvatierra, de donde comenza­ron a jalar hasta que apareció el toro que se resistía hacia atrás bra­mando y dando saltos; tal resistencia de nada le valía, puesto que se imponía la fuerza de los laceadores y sus acompañantes que podía más, hasta que poco a poco lo hicieron llegar a la barrera donde lo "atrincaron" de los cuernos. Allí lo "rocotearon" el ano y la lengua añadiendo, sobre ello alcohol; esto se hacía para darle bravura, según afirmaban los expertos. Una vez ejecutada esta pre­paración previa, lo soltaron de la soga. El toro bramaba y daba grandes saltos como loco, corría sin control, no tanto porque era bravo sino por efectos del rocoto y del alcohol.

Los toreros salieron al encuentro, pero este burlaba las capas y se daba la vuelta despavoridamente. No era bravo y por eso mu­chos asistentes querían dárselas de toreros. Poco a poco se le fue quitando los efectos del rocoto y entonces el animal se paró en el centro de la plaza y no se movía. Los toreros iban con sus capas para sacar una suertecita, pero no conseguían sino que el referido inclinase la cabeza sin embestir. El público comenzó a pifiar y por tal motivo tuvieron que lacearlo conduciéndolo al toril.

Sonó la trompeta y sacaron al segundo toro e hicieron lo mismo que el anterior y luego de soltarlo empezó a correr enloquecido de pronto se paró con la testa erguida en señal de bravura. Era torillo traído de Jaulabamba, ante el cual, Segundo y César salieron a "capear", no sin antes tirar las boinas hacia uno de los balcones donde se encontraban distinguidas damas para que les den la suerte. Las damas pulcramente vestidas pusieron algún dinero en el y la tiraron devolviéndolas y entonces extendieron las capas rojas empezaron la lidia. El toro sacudió la cornamenta, rascó el suelo con las patas delanteras y se lanzó con bravura contra sus desafiantes. Primero inició César, con el coraje que lo caracterizaba, pasos cortos hasta que el toro se animara a embestir, logrando creíbles "capeadas", tan magistrales fueron que se ganó el aplauso apoteósico del público que siempre supo brindarle a los Vílchez. En seguida entró Segundo que todavía era un mozalbete, sin embargo como en otras oportunidades arriesgó sin miedo. Era duro de cintura y entregaba mucho el cuerpo, pero aun así sin mucha técnica logró capear al cornúpeta con gran éxito conquistando el aplauso de la afición. Ahora el turno era de Obdulio, un hombre experto en el toreo, de contextura atlética y de recia valentía. Tiró su boina hacia donde se encontraba el señor Alcalde, quien estaba sentado en el palco oficial, luego salió al ruedo a torear. Primero hizo con la capa grande quebrando las embestidas del bravo, que en más de una vez resbaló en el suelo, acto seguido cogió la muleta y con pasos cortos toreó sin tregua hasta bajar la cabeza de su enemigo y darse el lujo de arrodillarse delante de él.

El público se puso de pie y aplaudió imparable. Obdulio se puso de pie, levantó su capa en alto con el brazo derecho y saludó a lamuchedumbre que lo aclamaba.

También, don "cojo Vílchez" así con el impedimento de pierna quiso dar su "pichanguita", con tan mala suerte que no pudiendo burlar la embestida cayó al suelo siendo defendido por sobrinos para no ser cogido por el toro. Como el toro no era de muerte fue encerrado nuevamente con los otros.

Salió el tercer toro, mucho más bravo que el segundo, nadie le salió al encuentro porque se le iba de atropellada a todos los que se encontraban dentro del cuadrilátero que formaba la plaza, inclusi­ve trató de cornear a todos los que se encontraban apiñados en las barreras donde los aficionados le daban de palos para que se vuel­va a otro lado, lo mismo sucedió con los de la Banda de Músicos y con todos los que se encontraban en el atrio del templo, por cuanto hasta allí subió la fiera brava.

Por fin los Vílchez se animaron a salir algo temerosos, sentían respeto a la bravura del novillo, ante el cual era necesario utilizar ladebida cautela tomando las precauciones necesarias. Se arriesgó enprimera instancia Obdulio, pero éste tuvo mala suerte, el toro le dio su revolcón, salvándose ante la presencia de César y Segundo que acudieron presurosos con sus capas para defenderlo. Apenas se acercaron dichos toreros, fué tras ellos; quienes asustados se refu­giaron tras las barreras de protección. Un "gringo" pidió la capa a uno de los Vílchez y salió al ruedo, dió dos capeadas con suerte, pero a la tercera el toro lo hizo caer y lo levantó en alto con los cuernos lanzándolo hacia arriba al aire. El gringo cayó de bruces en el suelo, oportunidad que el animal aprovechó para pisotearlo y cornearlo con sus torcidas astas. La gente desde los cuatro lados de la plaza gritaban desesperadamente. Unos se tapaban los ojos con las manos para no ver una posible muerte, ¡Lo mató!, ¡lo mató! Exclamaban algunos: ¡Corran a defenderlo! decían otros llorando. El toro volvió a levantar al gringo con las astas elevándolo hacia arri­ba, volviendo a caer sin sentido; estaba a merced de su furiay bus­caba hundirlelos cuernos donde más pueda, sin lograrlo. La gentesalió entonces de las barreras armados de palosy piedras y arreme­tieron contra el bravo novillo. Asustado, éste huyó corriendo a unaesquina, metió la cabeza por entre los maderos de la barrera, force­jeó y forcejeó hasta que abrió una brecha por la cual pudo escapar. Ahora si ¡Sálvese quien pueda!. La gente afuera huía en diferentes direcciones chocándose unos con otros y trastornando las mercade­rías de los pobres mercachifles que se encontraban en la calle "Unión". A su paso el toro iba dejando a hombresy mujeres caídos  en la calle, muchos de ellos se desmayaban con tan sólo verlo su huida y muy asustado el toro pasaba por sobre ellos a toda carrera en dirección de su "querencia" de donde había venido. Los dueños fueron tras él llevando al resto de bravos "entropados" los mansos, alcanzándolo luego más allá de las "Tierras Amarillas”

En la plaza auxiliaron al gringo, que ya no era gringo sino hombre pálido y desencajado por el susto más grande de su vida. No hablaba muy bien el castellano, estaba de visita turística en Cachicadán. Nadie lo conocía. Su cuerpo tenía algunas heridas y otras tantas partes golpeadas. Su cara estaba ensangrentada por las raspaduras en sus pómulos y por el tabique de la nariz que se le había roto. También le dolía la pierna y no podía caminar.

Los Vílchez salieron del coso sin mucha suerte; no era la primera vez que esto les sucedía, eran gajes del oficio. ¡Nos recuperaremos mañana en la otra corrida! se decían.

En las casa y en las cantinas abundaban los comentarios favorables y desfavorables. ¡Gringo zonzo! ¡Quiso darse de torero pa’ su mal! decían entre copa y copa los parroquianos ¡Quién lo mandó que se meta! ¡Las cositas de los mercachifles que estuvieron regadas por el suelo ya no lo han recuperado todo!.

-¡Hay taitito!, ¡ojalá que no pase nada de desgracia en la corrida de mañana, cuanto nos hemos asustado!, comentaban ciertas mujeres doblando sus manos y haciendo la señal de la cruz, en la frente en los labios y en el pecho.

¡Tarde de toros para recordar!

 



EL ÚLTIMO ZORRO

el ultimo zorro

El zorro se refugiaba en la “Zorrera”, donde tenía su madriguera.

Los zorros plagaban la comarca, tenían sus guaridas en el cerro del "Angla" y en la "Zorrera". De allí se desplazaban por las noches para arruinar los ganados de ovejas y cabritos de los alrededores. No había un vecino que no se quejara de que por las noches le habían comido sus corderos o sus gallinas. Se había "endañinado" tanto que muchas veces no esperaban las noches, sino que a la luz del día atrapaban sus presas y a cualquier hora.

No pudiendo soportar tan tremendos perjuicios, el vecindario optó por realizar una persecución a fondo con la finalidad de exterminarlos a como dé lugar. De esta manera muchos zorros murieron en diferentes formas y en el transcurso de un tiempo prolongado; otros huyeron para no regresar nunca más, pero quedó uno en el cerro del "Angla" que de una u otra forma incursionaba por los rebaños cercanos.

Una noche a las siete, doña Dora se encontraba merendando su cocina junto con sus hijos. Al lado de su casa había una enorme roca sobre la cual por ser apropiada dormían sus ovejas; mientras tomaban sus alimentos el zorro se acercaba sigilosamente, protegido por la densa oscuridad y aprovechando el silencio reinante del momento; ya que los perros "Chucra" y su cachorro "Campeón que cuidaban el redil, también estaban en la cocina esperando su comida. Las circunstancias eran tan favorables que sin vacilar un instante el zorro con mucha suerte se llevó un hermoso cordero. Doña Dora, acostumbrada desde niña al cuidado de sus animales tuvo una corazonada que lo hizo levantarse súbitamente y de un salto estuvo sobre la piedra justo cuando la oveja madre empezó a balar por su cordero. ¡El zorro se ha llevado el cordero!, dijo la señora. Esta situación hizo levantarse a los niños y a los perros en menos de un segundo subieron a la piedra, siguiendo de inmediato al depredador al que lograron alcanzarlo a unos 15 metros más o menos. Un fuerte ronquido llegaba hasta los oídos de doña Dora y de sus hijos que de inmediato provistos de una linterna se dirigieron a rescatar a la víctima, encontrando a los perros y al zorro en una feroz mordisquera; los unos a quitarle el cordero y el otro a no soltar su presa. Fue necesario emplear palos y piedras para ahuyentarlo. El desdichado cordero se debatía entre la vida y la muerte, tenía la garganta destrozada y la sangre manaba a borbotones, en ese estado fue recogido y llevado a casa donde expiró.

Pasado el susto pero no la cólera, doña Dora cogió un soga con ella le propinó a la pobre "Chucra", un severo castigo, ante cual el cachorrito huyó no pudiendo soportar los aullidos de su madre y de temor que a él le suceda lo mismo. El castigo fue remedio eficaz, pues desde ese día en adelante la palabras  para los caninos era sinónimo de odio y de rencor; todos los días y en las noches se aseguraban de olfatear bien y de no descuidar las ovejas ni por un instante, por cuyo motivo dormían junto a ellas. Cualquier movimiento leve, los hacía salir volando dejando escu­char sus ladridos. Por más de una vez corretearon al zorro que disimuladamente trataba de acercarse creyendo que podría repetir su cacería.

Otro día doña Dora dejó a las ovejas que salieran a pacer por las laderas del "Angla". Ella decía: "en el día los zorros no salen". Era verdad, nunca había salido en el día por estos lados para no ser descubierto, pero ese día sucedió. Ella y sus dos hijos se encontra­ban sentados en el corredor de su casa; cuando de pronto una de las ovejas llegó hasta allí seguida del zorro que la había separado de las demás para comérsela y por ello no le importó en su afán de atraparlo, el hecho de llegar a la casa, olvidando que allí lo podrían matar, pero cuando se percató de la presencia de la dueña, em­prendió veloz retirada hacia arriba, seguido de "Chucra" y "Campeón". Estando muy arriba, libre de persecución, se paró a mirar decepcionado; era la segunda vez que fallaba, ¡lo intentaré otra vez!, dijo entre si y siguió su camino completamente cabizbajo. Las otras ovejas bajaron presurosas balando tras su compañera.

El caso sucedido ese día, hizo que doña Dora en los siguientes días, encomendara el cuidado de las ovejas a su hijo mayor a fin de evitar la pérdida del ganado. "Campeón" había crecido y era el preferido del chico pastor porque lo crió desde que nació y éste era su buen amigo con el cual siempre salía por algún lugar. Este joven can odiaba mucho al zorro, no olvidaba la triste experiencia que tuvo siendo cachorro. Buscaba una ocasión para vengarse y cobrar muy caro su acto criminal, aún en su nariz quedaba vivo el olfato de su enemigo.

El zorro como otros desapareció momentáneamente, sin duda porque fue a otro lugar, pero "Campeón" sabía que volvería cual­quier día, por ello siempre lo andaba esperando, todos los días de primera intención se cercioraba de que no esté por allí, andaba ins­peccionando todos los posibles escondites. Concluida esa labor, se echaba a descansar en algún lugar, desde donde en forma estratégica pueda vigilar a las ovejas.

Un día volvió el zorro y pasó la noche en una de las cuevas del Angla, no le fue bien por los altos de Paccha, todas las casas perros muy bravos. Ese día, muy temprano como de costumbre Campeón salió con su amo el niño pastor; poco a poco fueron saliendo por las laderas del cerro. Las ovejas iban arrancando los pocos pastos de su gusto y seguían avanzando hacia arriba cerca de las rocas de las vizcachas. El perro pastor por su parte, debidamente preparado como siempre, iba delante haciendo el papel de vigía nunca permitía que los lanares le tomen la delantera, pobre de alguna de ellas que lo hubiere intentado, las orejas pagaban con los mordiscos. Tenía que estar seguro de que no existía ningún peligro por lo que se esmeraba mucho en la observación, caminando cabeza alta en algunos momentos u oteando el suelo en otros de medroso caminaba aquella mañana como si algún presagio le asaltaba; de pronto un olor conocido llegó a su olfato, por lo que tomó en serio. Miraba a todos lados parando las orejas y estirando la nariz. Su intranquilidad siguió aumentando a medida que seguía olfateando. Se sentó unos minutos con la mirada fija en las rocas luego se incorporó y siguió avanzando sigiloso. El zorro desde su escondite también estaba atento a todos los movimientos que se producían fuera, estaba atento a ellos; habiendo descubierto la presencia de las ovejas y del perro cuyo olor llegó hacía rato, olor que le motivó a camuflarse esperando con astucia. Mientras la boca se le hacía agua y su estómago sentía hambre voraz. ¡ Talvez ahora sea mi suerte! se decía para si, ¡pero no debo ser imprudente debo mantenerme sereno caso contrario lo echaré a perder todo! Así permaneció enrollado sin dejar de husmear de rato en rato. Esperaba sin duda el menor descuido del perro y que las ovejas se acerquen a su guarida para atrapar a una y jalarlo con facilidad a su escondite. Pero "Campeón" no era un perro cualquiera había aprendido mucho a medida que iba creciendo. Su madre había muerto hacía algunos días; lo extrañaba mucho, pero se iba resignando a la realidad, después de todo ya podía vivir solo, cuidando el ganado; quería ganarse la confianza de sus amos, por tanto esta­ba decidido a no defraudarlos. Se acercó cautelosamente al mato­rral y agudizó su instinto rastreador. Sí, era verdad, allí estaba el zorro, completamente inmóvil dentro de la cueva debajo de la enorme roca, tenía el hocico escondido entre las dos patas delanteras. El perro se acercó más, estaba seguro que el zorro ya lo había visto. Dio unos pasos más y por fin se encontraban frente a frente, ahora no podían evadir ninguno de ellos el enfrentamiento, que en el momento era inevitable. "Campeón", impulsado por su odio, comenzó a gruñir haciendo aparecer sus agudos colmillos. El zorro hizo lo propio y se situó a la defensiva dejando salir sus caracterís­ticos ronquidos, era el momento en que uno de ellos debería atacar primero, tal iniciativa la tomó "Campeón", el cual tomó su aplomo, levantó su cuello, clavó bien sus patas traseras, enroscó la cola y como una fiera sedienta de sangre se lanzó en la gruta. Una vez dentro se escucharon ladridos de pelea que duró cerca de un minu­to y en la que abundaron los mordiscos. De un fuerte empujón de pecho, campeón hizo rodar al zorro, el cual cuidando su cuello hizo un esfuerzo para librarse y luego logró rodarse hacia fuera em­prendiendo veloz huida diciendo entre si; "patitas pa' cuando te tengo", perseguido por el perro que no logró alcanzarlo, pues los zorros son inalcanzables en las subidas.

 

El Perro campeon de Cachicadan

“Campeón”, era el perro que cuidaba al ganado que pacía en el cerro “El Angla” 

Era uno de los últimos zorros, como ya se ha dicho, se sentía muy solo no tenía compañeros. Ahora la situación se complicaba en El Angla, los vientos soplaban desfavorables. Tal vez, dijo entre si el zorro, ¡yéndome a la "zorrera" las cosas cambien!. En la “zorrera" era su madriguera, allí había nacido y crecido hasta cuando su madre empezó a sacarlo para que aprendiera a cazar. Recordó que un día su madre salió y nunca más regresó. Desde entonces vivió por su cuenta aunque le costó mucho sufrimiento el tener que deambular por diferentes lugares. Absorto como estaba, decidió por fin volver hacia allá, solamente que esperaría la noche para salir, mientras tanto durmió en medio de un matorral soportando el acecho de los tábanos que de rato en rato le aguijoneaban las orejas y las patas. Llegada la noche y escogiendo la hora propicia enrumbó sus pasos en dirección a su añorada madriguera pasando por la casa de doña Otilia en donde se comió dos gallinas que dormían en el gallinero ubicado sobre el horno detrás de la casa.

 


madriguera del zorro en cachicadan

II

Pasaron algunos días después que el zorro abandonó "El An­gla" para refugiarse en la "Zorrera", donde trató de permanecer escondido, no importa comiendo de vez en cuando algunos conejos silvestres que por casualidad o mala suerte, se acercaban sin saber por su madriguera. El hambre lo hizo salir una noche. Conocía to­dos los lugares donde fácilmente podría encontrar sus presas, co­mo "Azubamba", "Alto Perú", "Cerro Blanco", y "Mocaboda".

Toda la noche estuvo husmeando en "Azubamba". Allí habían ovejas en la casa de doña Manuela y de los otros vecinos, pero es­taban protegidos muy bien; por lo que decidió dar unos pasos más por "Mocaboda", pero los perros lo sintieron y arremetieron con­tra él persiguiéndolo sin poderlo alcanzar y una vez más se salvaba de milagro. Volvió a su guarida desconsolado. Era casi el amane­cer; cansado de rondar, durmióse todo el día y por la noche volvió a salir, ¡Ojalá me vaya bien! dijo suspirando. Dio una sacudida de su cuerpo, lamió sus patas y luego salió en dirección a "Imbal". La luna resplandecía hermosa, iluminando la noche y elevándose so­bre los picos adormecidos de los cerros, sobre los cuales reposaban algunas nubecillas fugaces. El "pirgush", cantaba de rato en rato en su nido fabricado en un pequeño hueco de una roca: ¡Pirgushsss! ¡Pirgushshs! ¡Mañana hilaré!, ese era su canto del pajarillo pues nunca hilaba. Los "tucos" posados en un frondoso eucalipto repetí­an: ¡Tucuuu,tucuuu googgorrr!, parecían voces procedentes de ultratumba. Los rapaces estaban hambrientos buscando algún gato o hurón con los cuales alimentarse.

El zorro seguía ascendiendo lentamente cuesta arriba, dete­niéndose cuidadosamente por momentos para olfatear algún peli­gro; toda vez que el viento hacía sonar las hojas de los enmarañados matorrales. El ladrido lejano de los perros abajo en la población se perdía en el confín de la noche plateada. Los ruidos nocturnos de los bosques crispaban los nervios y de vez en cuando el canto de algunos gallos rompía por momentos el silencio, en tanto que las sombras de los árboles se proyectaban sobre las laderas del "Imbal", que acurrucado e inmóvil soportaba el rigor de la noche fría.

Dormitando en la soledad nocturna, el bosquecillo de “unquias" y "quiguires" enmarañados de zarzamoras fueron dando paso por los estrechos senderillos al hambriento zorro que ya había caminado bastante. El olor a ovejas se hacía más notorio y una extraña ansiedad invadió todo su cuerpo; los ojos le brillaban luciérnagas en la oscuridad, las mandíbulas le hacían que imagine estaba desgarrando carne viva y empezó una ensalivación hizo aumentar su desesperación y nerviosismo. Ante sus ojos se encontraba la "quincha" de don Alfageme, llena de ovejas que ya comenzaban a orejear e incomodarse notando su presencia. Los perros estaban amarrados para que no se regresen al fogón, ¡Que mejor ocasión!, todo parecía favorable por el momento; era cuestión de esperar.

Largo rato estuvo el zorro esperando el momento preciso atacar a su presa y al fin trató de tentar fortuna. Agazapado y arrastrándose con mucho silencio, se iba acercando a la "quincha”. Los perros continuaban enroscados durmiendo junto a la choza donde también los pastores dormían profundamente con fuertes ronquidos. Había una parte por donde fácilmente podía ingresar y  salir de inmediato en caso de coger un cordero para llevarlo o paras escapar si es que fuera descubierto. Allí se detuvo un momento, por no decir unos segundos, esperando dar el salto preciso. No tenía que fallar, debía ser rápido. Las ovejas advirtieron el peligro comenzaron a tomar sus precauciones, tratando de salvar sus pellejos como sea y empezaron a arremolinarse para protegerse ellas, haciendo casi un cargamontón. Las madres empujaban con su cabeza a sus crías poniéndolos en el centro para protegerlo. Comenzaron a dar validos y a golpear el suelo con una de sus patas delanteras. El zorro se lanzó decidido sobre un cordero de regular tamaño, derribándolo y clavándole los colmillos en la garganta; empezó a arrastrarlo hasta un buen trecho donde en vano el infeliz cordero trató de zafarse, siendo asfixiado y muerto. Consumado el acto ante la mirada impotente de las ovejas, el zorro trató de cargaral cordero hacia afuera para llevárselo, pero en ese preciso momen­to los pastores se despertaron por el fuerte ladrido de los perros que saltaban embravecidos tratando de romper las sogas con las que estaban amarrados. ¡Zorro!, ¡zorro! ¡Echale, zorro, zoorro, zooorro!, gritaban los asustados pastores. El zorro saltó de laquincha hacia afuera, pero el cordero se le quedó trabado de la lana en­tre unos "quiguires" secos que servían de cerco; volteó a mirarlo haciendo un intento de recuperarlo, pero viendo el peligro huyó asustado.

Junto a la choza discutían acaloradamente los hermanos pastores, tratando de echarse la culpa uno a otro. El mayor le decía al menor en alta voz:

-¡Te dije que no amarres los perros!, sin embargo tu haces lo que quieres ¡No has obedecido!, ¡Mereces una paliza!.

-Pero es que tú sabes muy bien, que si no lo amarramos se vuelven a la casa porque aquí tiemblan de frío. -contestó el menor-.

-¡Ya nos malogró el cordero!, ahora que va a decir mi papá, atengámonos a las consecuencias. ¡el principal culpable eres tú!.

-Tú también tienes la culpa de dormir tanto, yo cómo voy a sa­ber que el zorro va a venir. Ya solté los perros, ojalá lo alcancen y lo maten para que no vuelva nunca más.

Los perros fueron tras el zorro hasta una considerable distancia,pero el astuto zorro subió y bajó, caminó en círculo e hizo perder el rastro, luego siguió tranquilo su camino. Libre de sus perseguidores se sentó sobre sus patas traseras y empezó a lamerse la sangreque se había quedado en su hocico y en el pelaje de su pecho. Maldijo el haber nacido zorro ¿Porqué no fui otro animal que come pasto?, se decía a si mismo mirando en derredor. Pasto había de­masiado, pero eso no lo podía comer. Desconsolado emprendió otra vez su marcha, estaba cansado, su cuerpo desfallecía, la lenguale salía fuera y el estómago se le pegaba con las costillas; un repen­tino ¡Cuacuauuuuuuu! fue su aullido que le salió sin querer. Era sullanto y la expresión de su fracaso. Siguió a paso lento por entre los tupidos montículos hambriento y cabizbajo; cuando de pronto un leve movimiento entre las ramas le hizo detenerse, olfateó hacia su derecha, abrió los ojos lo mas que pudo e interceptó algo que le despertó la esperanza de seguir viviendo; era una infeliz perdiz sobre la cual se lanzó sin lástima devorándolo en un santiamén. ¡No está mal, por lo menos dormiré tranquilo!, se consolaba a si mismo.

Los días sucesivos, todos fueron de mala suerte. Convencido de que no podía seguir en la "zorrera ", decidió regresar al "Angla"; nuevamente allí buscaría un lugar donde vivir y donde nadie lo pueda encontrar. Así lo hizo; encontró una hendidura especial en­tre las peñas bajas del cerro, un poco cerca de las casas donde sin mayor trabajo ni muchas andanzas, podría comer conejos, hurones, y gallinas que abundaban por allí, o talvez una oveja o un cabrito de vez en cuando.

En verdad, era un lugar estratégico el que había escogido. Cerca de las peñas vivían muchos vecinos que criaban ovejas, cabritos, gallinas, conejos y otros animales. Ellos jamás imaginaron lo que les vendría después. Dejaban sus ovejas amarradas en el pasto y cuando volvían a verlas, encontraban que una de ellas estaba comida una parte. ¿Que ha pasado?, era la interrogante ante tan ines­perada sorpresa. ¡Seguramente es algún perro el que hace esto!. No imaginaban que era el zorro. Otros vecinos andaban buscando sus gallinas, porque éstas desaparecían sin saber cómo. ¡Deben ser tantos cholos, que andan con guaraca los que lo matan y lo llevan o ese cholo Aladino, ladrón que siempre pasa por aquí!. Un día lo pusie­ron a la cárcel para que lo hagan declarar del robo de las gallinas de la vecina Edomilia, pero el juró no haberlo hecho.

Cierta tarde tres cabritos salieron a comer bejucos por sobre las rocas, uno de ellos desapareció como por encanto ¿Qué había sucedido?. Se lo comió el señor zorro; volvieron sólo dos ante el asombro de doña Victoria que era la dueña. Por mas que lo buscaron no lo encontraron.

El zorro se sentía muy feliz, ahora estaba engordando, no le fal­taba carne todos los días y por eso dormía a pierna suelta sin mayores preocupaciones; se felicitaba de ser zorro, recordaba que un día renegó de ser tal, sin embargo ahora se sentía arrepentido de haberlo dicho. ¡Todo tengo a la mano, de aquí no pienso salir nunca!, cavilaba mientras trataba de dormir.

La preocupación de los vecinos aumentaba cada día porque no podían explicarse como desparecían las gallinas sólo en el día; y como es que sus ovejas eran devoradas al menor descuido. No faltó uno que dijo :

-¿No será el zorro?

-¡Qué va ser! ¡los zorros sólo salen en las noches! adujo doña Lorenza.

-Sí, debe ser, porque mis perros corretean a un animal en las noches y la vecina "Conce" dice que lo ha llevado un cordero, comentaba doña Domitila conversando con la vecina Edelmira.

Todo, sin embargo se acaba, los vecinos del lugar empezaron por no dejar sus gallinas, sino tenerlas en su corral; las ovejas en el día las cuidaban al centímetro y en las noches las encerraban en sus casas. Así empezó un nuevo sufrimiento para el desdichado zorro, que duró algunos meses.

 



III

Creyendo que algo podría obtener por las noches, el zorro em­pezó sus rondas nocturnas, algunas veces conseguía algo, otras veces nada. Muchas noches se acercó por la casa de doña Dora, pero ella ya no tenía sus ovejas. "Campeón" había muerto y "Du­randal" el nuevo perro, no lo dejaba acercarse. La muerte de "Campeón" fue muy sentida por los hijos de doña Dora; ellos qui­sieron mucho a su amigo fiel, por tal razón creyeron conveniente hacerlo su entierro. Lo sepultaron al pie de la piedra de rosas blan­cas y cerca del viejo aliso de la chacra de maíz, con mucha tristezay lágrimas. El sucesor fue entonces "Durandal", al cual se le instruyó y se le amaestró como verdadero guardián de la casa, por eso nunca permitía que algo o alguien rondara por las noches cerca de ella.

 

cerro la botica en cachicadan

Cerro “La Botica” lugar donde se encuentra la “Zorrera”

Fueron días muy difíciles para el amigo de nuestra narración, el cual las vio negras una vez más, todas las esperanzas de encontrar algo para saciar su hambre. Entonces pensó en otra forma de en­contrar sustento. Al pie de su guarida existían muchas chacras de maíz que podrían servirle. Pensando en esto se preguntó : ¿Porqué no comer choclos en vez de carne?. Fue entonces que comenzó a comer los choclos de varias chacras, llegándole a gustar. Los agri­cultores creían que eran perros, pues para mala suerte un pobre perro murió envenenado en la chacra de don Alfonso y por eso era la creencia general de que serían los perros dañinos. Todos pusieron veneno en sus maizales pero estos permanecían intactos. El zorro vio como murió el perro retorciéndose de dolor y por tanto era prudente con los bocaditos de veneno que encontraba; no obstante, los daños seguían arruinando los maíces.

Don "Moshco" Glicerio, dijo cierto día: ¡voy a poner una trampa, si es zorro caerá en ella, no puedo soportar tanto perjuicio!. Lo que pensó no quiso dejarlo sin ejecutarlo y de inmediato se puso en obra; ya lista la dejó preparada en su chacra. En la trampa puso un poco de carne fresca, pensando que ese sería el bocado apetecido, luego se marchó a su casa con la intención de regresar al siguiente día, para ver el resultado de su carnada.

El zorro como en todas las noches, bajó a la chacra de maíz de don Alejandro, para comerse algunos choclos, tarea que empezó sin detenerse. Talvez no habría pasado nada si es que no hubiera llegado hasta él un olor a carne. Dejó de comer choclos y prefirió seguir ese olorcillo que lo condujo tentadoramente a la chacra de don "Moshco" pasando por un portillo fácilmente. A medida que se iba acercando, el olor se intensificaba más. ¡No había duda! ¡Era carne! -Tragó golosamente su saliva, pues varias semanas no hubo probado carne y por lo tanto estaba deseoso de ella. Puso las manos sobre el muro de la trampa para cerciorarse bien de lo que había dentro. No se animó de primera intención, pensó que debería dar unas vueltas para asegurarse de que no había nadie por allí, luego regresó confiado, todo estaba en silencio. Entró en la trampa y se apoderó de la carne, que estaba colgada con una soguilla de la tapa de madera gruesa y pesada. Apenas jaló con fuerza, la tapa cedió y se cerró; esto no le incomodó en modo alguno y más bien siguió comiendo hasta acabarlo en pocos minutos. Concluido el momento de satisfacción alimenticia, quiso salir, pero no había por donde; arañó, rascó el suelo queriendo hacer un hueco para esca­par, pero lamentablemente todo era roca; mordió la madera, ésta estaba demasiada dura. Volteó y volteó hasta cansarse. ¡Estaba atrapado!, no había salida. Desconsolado, echóse sobre sus patas traseras, justo cuando empezaba a sentir los primeros síntomas del veneno, con la manifestación de dolores agudos en el estómago. Echado como se encontraba, se puso a reflexionar trayendo a su mente muchos recuerdos, dentro de ellos afloró aquel que escuchó contar a sus mayores, respecto a muchos zorros incautos que habí­an muerto en las trampas por un bocado de carne. Eso le atormen­taba profundamente. Reconoció que había causado mucho daño en el vecindario y que por nada del mundo le perdonarían la vida. Maldijo entonces otra vez su destino de ser zorro y cayó en la de­sesperación; el corazón le palpitaba más de lo normal, la boca se le secaba y las mandíbulas se le endurecían. Un sudor frío espeluz­nante le invadió el cuerpo y comenzó a tiritar. Los "chacles" dejaban escapar un líquido espumoso; en tanto que las tripas y el estó­mago ardían como si dentro estaba un gran fuego, que le causaba agudos dolores. Tenía sed devoradora, pero no había agua. Pronto aparecieron convulsiones desesperantes, que le hicieron echarse sobre el lado izquierdo y estiró las patas. Sus ojos estaban desorbi­tados y vidriosos, no veía bien, todo era nublado, como las sombras del atardecer cuando la noche se va acercando. Dio dos fuertes esti­rones más, quiso levantarse tratando de hacer un esfuerzo sin lo­grarlo, sintió que su cuerpo estaba rígido. Entonces comprendió que había llegado su fin, dejando escapar muchas lágrimas hasta que las convulsiones se presentaron con mayor frecuencia ¡Que mala la hora en la que engulló carne envenenada!. Sintió que se le iba la vida; no obstante, trataba de aferrarse a ella, haciendo vanos intentos para levantarse. Profirió unos débiles quejidos casi imper­ceptibles ¡Cuauuuuh! y expiró.

¡Amanecía!, el lucero de la mañana estaba hermoso y brillante por sobre los cerros de "Imbal". La luna menguante también se ocultaba allá por los cerros de "Cachulla". Los gallos madrugadores cantaban en sus gallineros, junto a las gallinas que ya se apres­taban para recibir el amanecer. Posados aún sobre los montecillos y los ramajes de los árboles, los pajarillos trinaban recibiendo a la aurora, mientras que algunos transeúntes volvían de bañarse en las acequias del "agua caliente". Los vecinos tenían los fogones encen­didos y sobre ellos hervían las ollas con el "cushal", para los peo­nes que horas después, irían a las faenas agrícolas o a pastar los animales.

Por el "Portachuelo" de "Paccha", aparecían los primeros rayos del sol, que se proyectaban por sobre las chacras y rocas del "An­gla", cuyas siluetas se prolongaban más abajo de "Huacavalí".

Don Glicerio pasó la quebrada del "Agua fría", iba silbando un huaynito y caminaba a pasos apresurados pensando en su trampa que había puesto, pues pensando en ella no durmió con la tranqui­lidad de otros días. Meditaba calladamente, si es que había caído el animal dañino en ella, talvez si o talvez no. Atravesó el camino y subió a su chacra; pasó por medio del maizal mojándose los zapatos en el "Shullay"; Miró la trampa y se dio cuenta que la tapa esta­ba bajada. Se detuvo un instante y en seguida levantó suavemente la pesada tapa con mucha cautela. Quedó sorprendido con los ojos duros, al encontrar a un hermoso zorro, que yacía inerte con la bo­ca semiabierta, por donde se habían escapado bocanadas de sangre, que se encontraban coaguladas. Sin salir de su asombro, salió co­rriendo hacia fuera del maíz y empezó a gritar:

-¡Lorenza!, ¡Alejandrooooo! ¡Victoriaaaaa!, ¡Vengan rápido!.

Ante los desesperados gritos de don Glicerio, los vecinos acu­dieron presurosos para ver qué es lo que pasaba y para qué los llamaba. Una vez en el lugar; doña Lorenza inquirió:

-¿Qué sucede don Glicerio?

-¡Vengan a ver, es algo muy especial!, respondió.

Se introdujeron en grupo en la chacra de maíz, siguiendo a don Glicerio hasta la trampa, donde les mostró lo que había dentro. Los vecinos con los ojos duros y bien abiertos, vieron el cadáver del zorro y sin salir de su asombro, doblaron sus manos agradecidos mirando al cielo.

- ¡Quién pudiera creer que este animal era el que se había comi­do nuestros animalitos, que con tanto sacrificio lo criamos!, dijo don Alejandro.

- ¡Bien merecido lo tiene!, devoró a mi cabrito el más gordito, yo pensé que se lo habían robado, añadió doña Victoria.

Poco a poco, fueron llegando más vecinos, atraídos por la novedad, quienes después de observar el cuerpo inerte del zorro, comentaban cualquier cosa que se les metía en la cabeza. Así, don Rafael decía, conversando alegremente con don Roberto.

- ¡Ahora entonces, ya saben quien se comía las gallinas. A mi Aladino lo calumniaron, diciendo que él se las había robado!.

- No haga caso don Rafa, la gente habla porque boca tiene. Yo siempre he pensado que es este animal y punto. Por último, que saco yo de todo esto. ¡Nada!. Cuando son incrédulos hay que dejarlos que se convenzan por si mismos.

- ¡Eso si!, se animó a decir don Julio, que atisbaba la conversa­ción, al mismo tiempo que golpeaba su checo de cal y llevándose el caleador con cal para mezclarlo con su bolo de coca.

- ¡Gracias don Glicerio!, Ud., si que es hombre inteligente haciendo trampas, expresó don Isaac; ¡de no haber sido por Ud. ni siquiera nos hubiese ocurrido hacer una, todos somos descuriosos!. Ante esta lisonja, don Glicerio no cabía en su ropa y ante tantos halagos y agradecimientos, se sacó el sombrero y se lo volvió a po­ner; luego respondió:

Yo puse por si acaso la trampa, ojalá que de aquí en adelante, ya no haya lo que tanto tiempo hemos soportado; pero por si acaso esto se repitiera, aquí estoy para servirles, en lo que esté a mi alcan­ce.

 

cerro el angla en cachicadan

Cerro “El Angla” principal escenario de las correrías del zorro.

Todos los vecinos presentes, agradecieron una vez más a don "Moshco"; luego, entre todos arrojaron lejos, arriba entre las cuevas, el cadáver del zorro y cada cual regresó a su casa, confiados en que de ahora en adelante habría tranquilidad en el vecindario.

Un zorzal gris, que estaba posado en la rama de un aliso, mi­rando la escena con sus ojos vivarachos, empezó a volar por toda la comarca diciendo - ¡Chuccrissss!, chucrisssss, chucriiisss, chucriisss, ¡Murió el zorro!, ¡murió el zooorrrooo! ¡En una trampa!

La noticia se extendió rápidamente en todos los animales que poblaban los cerros del "Angla", "La Botica", "El Batán" e "Imbal", produciéndose una gran algazara y alboroto entre ellos, gracias a que todos los zorzales unidos no se cansaban de seguir gritando ¡el zorro ha muerto!. Empezó de nuevo la tranquilidad y la alegría en el ámbito campestre. Otra vez, los ganados andaban libremente por las laderas y rocas de los cerros; lo mismo hacían las liebres, que salían escondiéndose, a los montículos para comer sus yerbas; las perdices ya podían dormir tranquilas en sus nidos; en tanto que las gallinas salían como antes, un poco más lejos de sus casas, regresando sin que les suceda nada. Solamente los hurones y las águilas no decían nada, estaban preocupados pensando en que en algún momento podría pasarles algo, corriendo la misma suerte del zo­rro; por cuanto eran animales que les gustaba comer a los animales pequeños que estaban a su alcance.

El cielo azul de junio siguió mostrándose cada día, iluminado en toda su extensión por el astro sol; los maizales endurecían sus granos en las mazorcas, anunciando las cosechas; los trigales tenían color naranja y, por la "Bandade Chacomas", limpiaban ya las parvas para las cosechas de cebada. El reloj del pueblo anunciaba las horas con los golpes de su campana. Eran los días más bellos e inolvidables de aquellos tiempos que han quedado en el pasado. Nunca más volvieron los zorros, porque terminaron los días del último zorro.

 



EL MANANTIAL DE LOS ENAMORADOS

mantantial de los enamorados en cachicadan

I

Debajo de la acurrucada e inmóvilroca arrebozada de musgo,se encontraba el viejo "puquio", desde donde corrían alegremente las cristalinas aguas que emanaban de este manantial, deslizándose por un estrecho cauce entre matas de acelgas y llantenes hacia la lagunilla ubicada en el otro lado del cerco de magueyes en el terre­no de don Santos Diestra; donde crecían las totoras y eneas, refugio de hermosas gallaretas grises, de picos amarillos y salpicadas de plumajes rojiverdes, las cuales de rato en rato, dejaban escuchar su canto chirrigueante, cuyo eco se perdía entre los bosques de euca­liptos y de las rocas del "Angla".

A unos pasos entre las rocas, desde una cueva cercana al pu­quio, el Martín permanecía en cuclillas y medio escondido esperando el momento en que la Simona llegara al manantial, para de­clararle su amor. La Simona era una chica simpática de ojos negros, de mirada dulce y risueña; usaba dos largas trenzas adornadas con bellos prendedores. Tenía 20 años, los cuales le hicieron adquirir una bonita contextura, razón por la cual hacía suspirar los corazo­nes de muchos jóvenes apasionados. Todos los días acudía a la fuente a llevar agua para su casa. Esta vez, el Martín estaba decidi­do a no dejarla, cueste lo que cueste; la había perseguido por un buen tiempo, pero en ningún momento pudo decirle nada, por cuanto las veces que lo intentó, recibió como respuesta una descar­ga de pedradas; pues así era la costumbre de las chicas del pueblo, los enamoradores muchas veces salieron con algunas lesiones, era difícil acercarse o ser aceptado así nomás. El corazón de Martín suspiraba por ella a cada momento y sentía una gran nostalgia pensando que quizás amaba a otro; por eso ahora le diría de una vez por todas lo que sentía; una "paleada" o las pedradas que fue­ren, estaba dispuesto a lo que venga. Dentro de si, sentía suyas las palabras de muchos de sus amigos a quienes les oía decir: "el que lo sigue lo consigue, hay que porfiar".

Las horas fueron pasando y también los minutos se hacían in­terminables, aumentando la preocupación de Martín, cuyos ojos estaban con la mirada clavada en el estrecho senderillo, que condu­cía al manantial; podía verlo cercado de pencas, cuyas hojas termi­naban en penachos agudos. Detrás de los cercos, algunas parejas platicaban no se sabe que cosas, talvez se juraban amor por toda la vida. Como una fiera en acecho de su presa, seguía esperando mientras se agudizaba su cansancio. De pronto, no pudo controlar su emoción cuando a la distancia apareció la Simona caminando a pasos lentos, con sus baldes bajo los brazos. Era tanta su emoción, que todo lo que había pensado decirle se le fue de la mente y el nerviosismo se apoderó de todo su cuerpo, sintiéndose tembloroso desde la mollera de la cabeza hasta la planta de los pies. Era la primera vez como joven de 21 años en que se aventuraba a expre­sar sus sentimientos de amor y no sabia como empezar. ¿Qué decirle?, ¿La esperaría de una vez en el manantial?. ¡Mejor no!. ¡Debo esperar que llegue y empiece a llenar los baldes, entonces me presentaré!. De esta manera cavilaba en su escondite.

La Simona también iba pensando, por primera vez en el trans­currir de sus 20 años primaverales se dio cuenta que estaba enamo­rada. El Oswaldo, el Víctor y el Alejandro, la habían cortejado, pero ella nunca sintió nada por ellos; por el contrario, los mantuvo a distancia de cada pedrada. Sin embargo, ahora podía darse cuenta que sentía una inclinación especial por el Martín; le gustaba ese joven porque nunca le dijo palabras tontas como los otros mucha­chos yporque era casi de su edadybastante trabajador. El andaba tras ella, siguiéndola por los lugares por donde solía salir; muchas veces sintió cólera porque la seguía como el perro. Si alguna vez lo había apedreado, era para disimular el amor que sentía por él. De cierto, lo amaba muy dentro de su corazón, pero le asaltaba la duda y a veces pensaba que él lo buscaba sólo para burlarse de ella; eso la volvía desconfiada.

Llegó al manantial, el agua estaba quieta y cristalina, se inclinó ligeramente para llenar el primer balde, pero se detuvo al mirar en el agua su imagen como si estuviera frente a un espejo. Allí pudo darse cuenta de su rostro jovial, de su beldad y de la pureza de sus sentimientos; pasó su mano por su frente y arregló su hermosa cabellera, luego hundió los baldes y los sacó llenos de agua, mo­mento preciso en que repentinamente apareció el Martín. Ambos se miraron a los ojos completamente emocionados, la pasión se des­pertó como una ráfaga instantánea y cada corazón latía aceleradamente. No cruzaron palabra alguna, habían enmudecido súbitamente. La Simona ni siquiera se imaginó en lo que estaba viendo; al fin cogió sus baldes por las asas y dio los primeros pasos de regre­so, empero, de pronto sintió que el Martín lo sujetaba de uno de sus brazos, deteniéndola con fuerza y le quitó los baldes.

-¡Déjame! Protestó inmediatamente la Simona, ¿Porqué te atre­ves a tocarme?, ¿Soy acaso tu compromiso, grandísimo atrevido?, ¿Porqué coges mis baldes?, ¡Ahorita te rompo la cabeza a piedras!. Buscó alguna piedra, mas no encontró ninguna; Martín había lim­piado el lugar de todas ellas anticipadamente, porque sabía de lo que sería capaz la Simona. Ella al no encontrar lo que buscaba, se paró distante de los baldes por algunos segundos, volviendo a in­sistir amenazadoramente a que Martín se lo entregase.

-¡Por favor entrégame mis baldes!

Martín no podía pronunciar palabra, quería decirle que lo ama­ba, pero se le entrampaba la lengua; tenía en sus manos los baldes vacíos, pues votó el agua para asegurarse de ellos. Era la única ma­nera de retener a Simona un momento más. Ella estaba furiosa por la forma en que se comportaba su pretendiente, le asistía el derecho de luchar por sus cosas y no estaba dispuesta a jugar como una niña; por lo que acercándose resignadamente trató de arrancar con todas sus fuerzas uno de ellos, acción que no pudo lograrlo por cuanto el Martín aprovechando el momento, con todo coraje la co­gió de ambas manos y la abrazó a medias.

Simona se resistió protestando enérgicamente, quería soltarse, pero se sentía cogida fuertemente de las muñecas, las volvió a jalar, pero era imposible, estaba ante las fuerzas de un varón, y entonces algunas lágrimas rodaron por sus rosadas mejillas. Se sentía impo­tente, sus palabras y sus ruegos llegaban a oídos sordos. Mirándola como estaba, el joven galán sumido en su mutismo la apretó contra su pecho y la estrechó con sus brazos. Simona sintió que una co­rriente extraña inundaba sus venas, al mismo tiempo que su cora­zón se ensanchaba. Quiso arrancarse una vez más de esos brazos fuertes que lo apretaban, pero se dio cuenta que estaba como hip­notizada y allí siguió en los brazos de su Martín, convencida que lo amaba profundamente; estaba segura de ello, por lo que extendió sus brazos sobre el cuello de él y también lo abrazó con ternura. Era la demostración de un amor sin palabras, confundido entre dos almas jóvenes, en la hora del atardecer de un día primaveral, de campos floridos en los que resaltaban los blancos amancaes.

Se rompió por fin el silencio, se desprendieron de los apretones de brazos, mirando cada uno hacia el suelo como si estuvieran avergonzados. Martín miró los ojos de Simona llenos de lágrimas y por suerte le salieron las primeras palabras:

-¡Te amo Simona!, desde hace mucho tiempo, tú lo sabes. ¡Perdona mi osadía!, creo que me he portado mal.

Limpiándose las lágrimas con una esquina del mandil, Simona contestó:

-¡Yo también!.

Se cogieron de las manos y se miraron fijamente a los ojos, sus rostros estaban sonrojados, talvez encendidos de pasión irrenun­ciable.

-¿Te casarías conmigo?, preguntó parcamente Martín, con un poco de tranquilidad.

Simona la miró ruborizada, su rostro reflejaba nerviosismo y emoción, mientras en su corazón apasionado germinaba la semilla de un verdadero amor hacia el hombre robusto que tenía cerca de ella. ¿Qué debo decir? Era su interrogante silencioso. Con la mirada fija en el suelo, siguió callada sin pronunciar palabra.

-¿Qué me respondes Simona?, ¿Es acaso que no merezco tu cariño?, ¡Anda, dímelo!, exigió Martín, tomándola de la mano nue­vamente.

- ¡No sé Martín, déjame pensarlo!, se animó a decir Simona.

¡Dime, solamente entonces por ahora que en verdad me amas como lo has pronunciado hace poco!.

¡Sí, te amo, de eso puedes estar seguro, sin embargo tengo mis dudas en cuanto a ti!; ¡temo que no seas sincero y que sólo me estás mintiendo en cuanto a tu amor por mi!.

¡No Simona!, ¡eso nunca!, por eso es que con mucho respeto, te repito que quiero que te cases conmigo. Te lo estoy diciendo de corazón ¡Créeme!.

- Juras que me dices la verdad?.

¡Te lo juro por lo más sagrado que pueda haber en la vida! y ¡por mi adorada madrecita!.

- ¡Te creo, Martín, de esto volveremos hablar otro día, mientras tanto lo pensaré, tomando en cuenta tus palabras y considerando lo que puedan decir mis padres!.

Se tomaron ambas manos y se juraron amor eterno, bajo la roca y a la orilla del manantial; testigos eran los árboles y las enredade­ras, un picaflor que volaba por sobre las horquillas de una hierba santa y los ojos indiscretos del enamorado de la Marcionila, que la esperaba al otro lado, escondido entre un grupo de pequeñas rocas.

Simona cogió sus baldes y emprendió el regreso a su casa, aún podía sentir los latidos acelerados de su corazón y la extraña sensa­ción de amor embrujado, surgido tan de repente y tan brusco como para considerarlo inolvidable. Paso a paso, su esbelta figura se fue perdiendo por el estrecho camino, por donde otros jóvenes iban apareciendo rumbo al manantial. Era la hora de las aguateras.

Martín, por su parte, se alejó tomando el bosque contiguo para perderse en él; se sentía como si estuviera andando en el aire. Nunca antes hubo experimentado tanta sublimidad como la que acaba­ba de tenerla, en los brazos de su amada; el corazón le golpeaba fuertemente, iba delirando, conversando sólo por momentos, como un loco que había perdido la razón, por el amor de una mujer.

Caía friolenta la tarde, sobre los cerros y las cúspides de los árboles. Las hojas secas se golpeaban ruidosamente sobre las ramas, agitadas por una suave corriente de aire tardecido; momento en que el Oswaldo corrió saltando los cercos, asustando a los pájaros al pasar. El vio al Martín cuando se iba, porque junto al cerco esta­ba con la María, hablando de su futuro. Se habían comprometido amorosamente desde dos meses atrás, razón por la cual era fre­cuente encontrarlos en estos coloquios.

María era una jovencita esbelta, de ojos claros y de alegre sonri­sa, en la cual mostraba sus blancos dientes perfectamente alineados; ella estaba muy enamorada del Oswaldo, pero éste sólo era un picaflor, un Juan Tenorio, que había engañado a más de una media docena de jovencitas. El hizo del "puquio" su lugar preferido, para llevar a las chicas allí; motivo por el cual, siempre se le encontraba tirado sobre las rocas o al pie de ellas, sobre las verdes alfombras de grama.

Así se presentaba el escenario de aquel atardecer de amores, de compromisos, de promesas verdaderas o falsas y quien sabe de cuantas cosas más. Era otro día de los innumerables en el tiempo y de otros romances ocurridos cerca del solitario manantial de los enamorados.

El puquioceremonial, durante su larga existencia, vio pasar a incontables parejas, que acudían a sus fuentes a tomar sus exquisitas aguas cristalinas, sedientos de amor sin límites y llenos de dulces esperanzas para el mañana.

Conformaban el paisaje del lugar, el conjunto de rocas dormi­das que dan inicio a la elevación del cerro del "Angla," algunas casitas, escondidas entre eucaliptos y rocas, unos metros más arriba en la pequeña cuesta antes de llegar a la carretera. Al otro lado en la planicie continúa la inmensidad de la "Pampa", cubierta de bos­ques de eucaliptos y de campos agrícolas. Al frente, el viejo "Camino Real", hoy calle "Gallardo". Hacia arriba en la pendiente "El Angla", misterioso guardián del pueblo.

El puquio, era feliz y bondadoso, todos los moradores del ba­rrio "El Rosario" acudían con sus cántaros, sus baldes y sus latas, para llevar el agua fresca y exquisita para aplacar la sed y para preparar los alimentos. A nadie le negó una gota de ella, hasta los pajarillos descendían para beberla y bañarse sacudiendo sus pe­queñas alas.

Las mujeres del vecindario, solían acudir en todo tiempo, para pelar sus motes de trigo y para lavar su ropa. Era envidiable el lu­gar, por ello, muchas familias llevaban sus almuerzos para comer cerca al manantial o entre las rocas, disfrutando del aire libre y del aroma de los eucaliptos o bajo de sus frondosas ramas, o quizás allá junto a las sombras frescas de las yerbas santas y de los chinaques, en cuyos alrededores aparecían hermosas las plantas de amancaes, ofreciendo sus flores blancas.

La roca de donde brotaba el agua, semeja a una gigantesca mu­jer sentada. Está cubierta de musgo verde y rojizo, así como matas de plantas llamadas cebollas de "shingo". Por la espalda de ésta, existen pequeñas gradas, por donde se puede ascender a la cúspi­de. Allí existe una especie de balcón, desde el cual se divisa la su­perficie plana de la pampa, formada de corrales cercados con pen­cas y con eucaliptos; que se extiende más allá de la calle "Gallardo, hasta el "Alto del Castillo" y de las "Tierras Amarillas". En esa es­pecie de balcón, los enamorados esperaban a las jóvenes de sus sueños. Era difícil localizarlos en tan estratégico escondite. Al otro lado de las rocas, continúa la extensión de la pampa, también re­mendada de chacras de cultivo y cubierta de frondosos bosques de eucaliptos y de matorrales.

El "Puquio", guarda bajo siete llaves, en el corazón mismo de la roca, todos los secretos de los enamorados que fueron flechados por Cupido. El sabe de los juramentos, de las promesas cumplidas e incumplidas y también de los desengaños que causaron mares de lágrimas.

 


 

II

Los días se iban sucediendo en el tiempo, preñados de sus afa­nes cotidianos. El vaivén de las gentes, en pos de agua del "Pu­quio", continuaba en su rutina de siempre, unos de ida, otros de vuelta; “ora” en las mañanas, “ora” a medio día o en las tardes. En el barrio, las familias se afanaban en los trabajos de costumbre para satisfacer sus necesidades; algunas de ellas hacían reminiscencia de cómo se conocieron y se casaron un día cargando agua y de cómo es que ahora tenían una numerosa familia. Tal es el caso del Martín y la Simona, que llegaron a casarse y formaron una familia sólida y feliz; otra, eran los Esquivel, que se jactaban de ser padres de cator­ce hijos y así otras tantas nuevas parejas, que seguían comprome­tiéndose, siguiendo los impulsos de sus corazones tras las lindas muchachitas que frecuentaban la fuente encantadora; como los del Leonardo y la Peregrina, del Sebastián y de la Lucila, del Juan y de la Magdalena, del “Chumico” y de la Celia, de la “gorda” y del Augusto y de tantos más que fueron vistos por ojos escondidos secre­tamente.

Al compás del tiempo, los dientes sociales iban generando al­gunos cambios en el pueblo. Un día, como un mal presagio, ama­neció con un cielo azul límpido. El vapor de las agua termales, mezclado con el humo de las cocinas de leña de los pobladores, ascendía hacia la atmósfera, empujados por un ligero viento maña­nero, hasta que poco a poco, arriba por sobre el cerro "La Botica", se iba formando una gran nube blanca que se opacaba después, hasta tomar las características de nube cargada de agua, presta a produ­cir la lluvia; lo mismo sucedía en toda la extensión atmosférica que cubría la superficie terrestre a la redonda. De pronto, la voz del trueno retumbó por los confines de los cerros vecinos, perdiéndose más allá de la cordillera. Sopló un fuerte viento y la lluvia empezó a caer torrentosa, deslizándose por las laderas hacia abajo, por so­bre los bosques y mojando los techos rojizos de las casas.

El “Puquio” palideció y empezó su tristeza, como cuando llora la noche en la soledad doliente; brotaron sus lágrimas y empezaron a correr, mezclándose con las aguas cristalinas quien sabe por últi­ma vez, por ese caucecito alegre y juguetón que conducía a la lagu­na. Es que esa tarde se consolidaba en el barrio, el acuerdo para llevar directamente el agua del puquio hasta la calle "Gallardo", donde se iba a construir un grifo y de esta manera evitar el trajín de ir todos los días hasta la fuente; como también terminar con los compromisos amorosos que tanto preocupaba al vecindario.

La lluvia arreció inclemente, golpeando duramente al manan­tial, aumentando de ese modo su dolor. Entre sollozos empezó a decir estas palabras:

Un dolor tengo en el alma,

Y el sentimiento de mi tristeza,

Aumenta quitándome la dulce calma

Hoy sufro inmerecido olvido,

Ayer era feliz cantando alegre.

Hoy un presagio me atormenta,

Rompiéndome el alma durmiente

Y anunciando pronto olvido.

Los transeúntes escucharon los lamentos del pozo aguador y junto con los eucaliptos, los pajarillos y las rocas le dieron palabras de consuelo:

¡Estaremos siempre contigo! ¡Jamás te olvidaremos!.

¡Nos quedaremos a tu lado, si nos cortan, nuestros retoños se­guirán acompañándote!; fueron las voces de todos los árboles y plantas que crecían alrededor.

-¡Tu dolor es nuestro dolor!, dijeron las rocas llorando.

Cumplidos fueron los días acordados para empezar el trabajo. Todos los moradores del barrio, acudieron con sus picos y sus "palanas" y todos a una abrieron las zanjas, después tendieron los tu­bos, en seguida encementaron el pozo para enlagunar el agua; pos­teriormente se construyó la pileta con su respectivo grifo en la esquina de don Adelmo Vera; finalmente se hizo la conexión del agua con la tubería.

Grande fue la alegría cuando se abrió la llave del grifo y el agua comenzó a salir. Fue una feliz idea y eso se aplaudía y se comenta­ba como un gran logro y quizá como un adelanto más para el ba­rrio. Sin embargo, no todo era favorable, el grifo con el transcurrir de los días se convirtió en un charco de aguas negras, porque todo se lavaba allí; ollas, ropa etc.

La nostalgia iba carcomiendo lentamente al manantial debajo de la gran roca, como cuando el cáncer destruye silenciosamente los tejidos de un cuerpo enfermo. Entonces la agonía se mostró fiera, acompañada de los cantos plañideros de los "tucos" y "paca-pacas", todos los días a la oración de la tarde y extendiéndose hasta el amanecer.

El cautiverio de las aguas cristalinas tocaba a su fin. Después de un largo encierro; poco a poco fue mermando su caudal, hasta que en una mañana no volvieron a correr.

¡No hay agua!, ¿Qué habrá pasado?, comentaba una aguatera.

¡Es verdad! Decían otras, arremolinándose alrededor del grifo.

¡Yo estuve notando desde hace algunos días atrás que estaba saliendo muy poca agua!, refería una ama de casa.

¡Me imagino que los enamorados de las aguateritas, son los que han obstruido la cañería, para que así las buenas mozas vuel­van a ir al puquio por el agua!, arguía un caballero del barrio.

La novedad de que ya no salía agua por el grifo, reunió casi a todo el vecindario, quienes en grupos se dirigieron hasta el pozo para verificar en el lugar lo que había acontecido.

El agua estaba quieta en el pequeño estanque, un poco más aba­jo del nivel de la boca del tubo; existía una merma considerable que dejó asombrados a todos los curiosos. No podían entender lo que sus ojos veían y mirándose unos otros en silencio se hacían algunas interrogantes. Una profunda tristeza se apoderó de ellos y bajaron las cabezas mirando hacia el fondo del estanque, donde cada cual miró su propio rostro completamente desencajado. ¡Como no estarlo!, ¡De dónde llevaremos nuestra agua en lo sucesivo!.

El Martín y el Oswaldo estaban allí presentes; ninguno de ellos podía olvidar esos tiempos idos, cuando vieron correr esas aguas alegremente, y cómo fue cuando conquistaron a sus enamoradas.

La Magdalena, se animó a decir con voz entrecortada dirigién­dose a todos los presentes, al mismo tiempo que rompía el silencio:

¡Seguro que el agua se está yendo por otro sitio; debe de haber alguna cangrejera!, se habrá resentido el pocito. ¡No deberían haberlo llevado su agüita hasta la calle!.

¡Lo hicimos pensando en todos, para no tener que caminar hasta aquí!, expresó don Augusto, ¡pero la verdad es que hay algún misterio que no entiendo!.

- ¡No hay que olvidar lo viejo por lo nuevo!, ¡tendremos que volver a nuestro despreciado nido!, alcanzó a decir doña Rosario, una de las mujeres mayores.

- ¡Que más nos queda!, dijo doña Belermina, ¡a lo que te criaste! y sin más comentario trató de meter sus baldes para sacar agua, lamentablemente no alcanzaban sus brazos; el agua estaba muy abajo, por lo que tuvo que regresarse con los baldes vacíos. Lo mismo les sucedió a otras mujeres que dijeron que alguna bruja había embrujado las aguas. Don Augusto y don Julio, acompañados del Martín, del Oswaldo y del Manuel, también entre conver­saciones, emprendieron desconsolados el regreso.

En algún rincón del bosque cercano, ensayaban las primeras no­tas de la canción primaveral, un puñado de jilgueros, mientras el viejo puquio cansado de sufrir, hacía un esfuerzo por sobrevivir; sin embargo, cada día iban menguando sus esperanzas.

El miedo de que algo misterioso ocurría en el manantial, hizo que a pesar que necesitaban agua, no concurrieran los usuarios como en tiempos anteriores y por último, don Arturo, que en esa época era el Alcalde del pueblo, hizo traer el agua desde las "Cor­taderas", arriba en el "Angla", mediante una acequia descubierta, hasta un tanque construido en las "Tierras Amarillas", desde donde se llevó en tubería por la avenida "3 de Noviembre" y la calle "Gallardo", a lo largo de las cuales se construyeron algunos grifos. De este modo se solucionó la falta de agua y por lo tanto ya no hubo necesidad de regresar al "Puquio". Así, el olvido se fue acen­tuando y las lágrimas del viejo vertiente fueron convirtiéndose en su pan de cada día; fueron tantas que se empozaron adormecidas sobre la fuente cristalina, enturbiándolas para siempre.

Cada anochecer llevaba consigo la agonía doliente del abando­nado, más allá del horizonte en donde se pierden las esperanzas y en donde comienza el olvido.

Al amanecer, cuando recién se levantaba el sol, iluminando con sus rayos tempraneros las aristas de las cumbres friolentas, sólo había tristeza contagiada de la soledad reinante del nuevo día; al­gunas aves fugaces revoleteaban por doquier, posándose en los ramajes de los montecillos de plantas vecinas, buscando talvez unos gusanillos para alimentarse o quizás un poquito de agua para su sed.

Pero el manantial estaba allí, sumido en su mutismo melancóli­co, porque sentía muy dentro que el agua dejó de brotar y con ello dejaba de ser lo que fue. Llego su final y con ello el olvido. Así terminaba su ciclo aguador, su majestuosidad y la belleza encantado­ra de su paisaje conformado por su caucecito, la lagunilla con sus totoras y eneas y las gallaretas multicolores, que también lloraron en su agonía hasta desaparecer.

Murieron todos los viejos. Una nueva generación vive ahora. Pocos son los que añoran el ayer junto al pozo de los enamorados. Otros lo recuerdan vagamente; en tanto que una mayoría ni siquie­ra saben que existió el "Puquio"; pero allí está, olvidado bajo la roca sentada e inmóvil, única compañera fiel que nunca la abandonó.

Talvez, muchos preguntarán. ¿Porqué existe un pequeño tanque de cemento debajo de la roca sentada?. Entonces responderán los bosques, los matorrales, los pajarillos y algún viejo con arrugas y encorvado sobre un rústico bastón:

¡Aquí es el "PUQUIO","EL MANATIAL DE LOS ENAMORADOS"!

¡Debajo de esta roca salían aguas cristalinas

Que corrían alegres, bulliciosas y cantarinas,

Murmurando sin medida la felicidad rendida

Y conquistando corazones llenos de sed encendida!

¡El olvido se aferró, fiero, sin compasión!

Entonces, secose el agua, y surgió la ingratitud.

¡Nadie!, nadie regresó por el senderillo llorón,

a llevar agua como antaño en plenitud!

Hoy, cuando los años han pasado inmisericordes y la moderni­zación va avanzando y va tragando a grandes dentadas lo que antes hubo en nuestro pueblo, produciendo cambios sustanciales; como por ejemplo el hecho de tener agua potable en cada casa, nos ha hecho olvidar muchas cosas que antes ocuparon nuestras prefe­rencias. Dentro de ellas está el "Puquio", que a la fecha no es más que un lugar abandonado, donde las nuevas generaciones, desco­nocen el servicio que brindó.

Sin embargo, algún día volverán las golondrinas, los gorriones y los jilgueros del recuerdo, trayendo en sus picos el fiel reconocimiento que corresponde y quizás volverán a brotar las aguas crista­linas que se fueron sin saber a donde.

¡Oh!, "Puquio", amigo de mi infancia, te agradezco por

los muchos cantaritos y baldecitos de agua que tantas

veces llevé a mi casa. Por las muchas veces que bebí de

tus dulces aguas para aplacar mi sed.

¡No te sientas olvidado!, ¡mi pluma te hará justicia, es

a través de ella que todos te recordarán!.

 

el puquio en cachicadan

El “Puquio” hoy.

 

barrio el rosario de cachicadan

Barrio “El Rosario”, donde se encuentra EL PUQUIO.

 



LOS MOLINOS HIDRAÚLICOS

molinos hidraulicos

Molino hidráulico que funcionó a inicios del siglo pasado (Tomado de Revista Cachicadán 1999 –Dr. J. Alvarez B).

¡Ah!, ¡Los molinos!, ¡Claro que los recuerdo!. No solamente mi humilde persona, sino todas las personas que los conocieron. ¡Co­mo no recordarlos!, si las vivencias más significativas de la vida son aquellas que se grabaron en nuestros recuerdos; recuerdos que se expresan en añoranzas de nuestra niñez, de nuestra adolescen­cia, de nuestra juventud, de cualquier etapa de nuestra vida coti­diana.

¡Cómo olvidarlos!. Si en ellos los habitantes de nuestro pueblo, solían moler el trigo para el pan, la "chochoca", la "papa seca", la cebada tostada para la harina, la arveja y muchos otros tantos gra­nos necesarios para la alimentación familiar.

Los menciono con nostalgia para que sepan nuestros hermanos de hoy, qué es lo que había en esta tierra prodigiosa y hospitalaria de Cachicadán hace muchos años atrás y que ahora ya no están.

¡Permitidme por favor!, hacer reminiscencia de los tales, porque tuvieron singular importancia, en las actividades de la población en el siglo pasado.

Los molinos existían por doquier. En nuestro pueblo habían cuatro molinos que era movidos por la fuerza del agua. Ambos estaban situados aguas abajo a lo largo de la quebrada que se forma por la unión de las quebradas del "Agua Fría" y del "Agua Ca­liente" a partir del puente de la "Confraternidad". Uno de los moli­nos era de don Absalón Pérez, regentado por don Nazario Beltrán; el otro molino pertenecía a don Manuel Pérez. El de don Absalón estaba ubicado junto al puentecillo de la hoy calle "Uceda"; el de don Manuel estaba más abajo, al pie del puente que une la calle "Raimondi" con el camino a "Picomas". De ambos aun quedan algunos vestigios. Más abajo, ya en Picomas, se encontraba el molino de un señor Zavala y, arriba en el "Alto Perú", escondido entre los cerros, algo receloso, el molino de don Serapio Villanueva, que también cumplía su misión de todos los días.

La presencia de estos molinos alivió las tareas de la mayoría de las amas de casa, quienes poco a poco fueron abandonando el tra­dicional "chungo y batán", herencia que la recibieron de nuestros antepasados desde tiempos remotos.

Los molinos, estaban constituidos de un eje de madera con aspas pequeñas, colocadas en círculo en el extremo inferior llamadas paletas, las mismas que giraban movidas por la fuerza del agua, proveniente de una acequia. El agua se deslizaba en espectacular caída mediante un canal inclinado. Sobre el extremo superior del eje y bajo techo, en un recinto adecuado, estaban colocadas dos piedras circulares superpuestas. La inferior era fija, mientras que la superior acoplada al eje, giraba sobre la otra, de acuerdo a la velo­cidad proporcionada por la fuerza del agua sobre las paletas. La piedra superior tenía un agujero en su centro estrictamente circu­lar, por donde caían los granos de acuerdo al movimiento ejecutado por una mano de madera que saltaba consecutivamente a me­dida que rozaba con una crucecilla tallada en alto relieve en la su­perficie de la piedra giratoria. Los granos se depositaban en una tolva que tenía cuatro lados y forma de pirámide invertida, al final de la cual tenía un agujero por donde pasaban los granos en men­ción hacia una pequeña batea colgante; donde se iban depositando en su recorrido, para luego caer en el agujero de la piedra, para ser triturados y convertidos en harina. La harina se iba depositando en una especie de cajón fijo, colocado para este fin.

Los molinos funcionaban solamente en los tiempos de abun­dancia de agua, que eran los meses de enero a abril; época en que debido a las lluvias, aumenta el caudal. El resto de meses no fun­cionaban.

Hablar de los meses de lluvia, es describir o mejor dicho referir las impresiones que se grabaron en las retinas y en las mentes, en esos años idos. Talvez la intensidad de las lluvias sea la misma ahora; pero pareciera que en esos tiempos eran más copiosas que las de hoy.

En el recuerdo están plasmadas las imágenes imborrables de cómo los pobladores de Cachicadán, acudían en medio de fuertes lluvias para ganar turno y moler sus granos, ya que no era fácil terminar y regresar temprano a casa. Debido a la gran demanda, había que esperar muchas horas; algunos no querían moverse por temor de que el molinero les robe la harina o los granos; su descon­fianza era tal, que se imaginaban lo peor de él; esa era en si la razón por la que preferían esperar día y noche. Otros lo dejaban para que lo muelan con paciencia y después recogerlas. Por la gran afluencia de clientes, la labor de los pobres molineros era demasiado sacrifi­cada, puesto que tenían que moler sin dormir bien.

Existía la creencia de que en los molinos vivían los duendes; esos espíritus mitológicos, que tienen las características de "alocar" o alterar el comportamiento normal de las personas, que por desgracia tienen de verlos. Por eso nuestros padres nos aconsejaban, que evitemos mirar el lugar donde el agua movía las paletas o aspas de los molinos; pero esos consejos sólo despertaban la curiosi­dad de conocerlos, y a propósito nos íbamos a mirarlo y nunca los vimos. En nuestro recuerdo, aún repercuten las palabras de las conversaciones que solíamos escuchar:

$1-             ¡Buenos días don Nazario!, o ¡Buenos días don Manuel!.

$1-             ¡Pase señor!, contestaban ellos.

$1-             ¡He venido trayendo estos granitos, pa' que me lo muélaste en su molinito!.

$1-             ¡Como no!, ¿aunque tenemos bastante pa' moler!.

$1-               ¡No importa lo dejaré pa' que lo muélaste poco a poco; pero sí, le recomiendo que me lo muélaste bien suavecito porque es "pal pancito"!.

$1-               ¡De eso no se preocupe, el molino es bueno, porque está hecho de piedra azul!.

El molino se movía azotado por la furia de las aguas encabritadas, que con olor a barro fresco corrían embravecidas dando saltos y chocando en los recodos del sequión. A medida que se movía, trituraba inmisericorde los pobres granos que caían en él, convirtiéndolos en harina.

-Bueno, don Nazario, le recomiendo mucho de mi "molidito"; estaré volviendo mañana!

-¡Vaya! Ud, con Dios don Elías!

Se despidió don Elías, pero en seguida llegaba don José del Carmen con dos pollinos cargados con "sacos"; uno de trigo y otro de cebada.

¡Soshshshsss!, ¡Soshshshsss!, ¡Buenos días don "Nashito"! Aquí traigo mi triguito pa’ que su molino me lo muela pal pancito de carnaval y de la Semana Santa, que ya está "cerquita".

$1-               ¡Llegue nomás don José, baje sus saquitos y amarre sus pollini­tos en aquella estaca del frente!

$1-               ¡Gracias don "Nasho"!, ¿Se podrá moler rápido?

$1-               ¡Hay bastante pa' moler don José, por lo menos pa' tres días. Déjelo nomás, puede regresar pasado mañana!

$1-               Así será don "Nashito", ¡Quien más que Ud. sabe, no puedo dudar de su palabra, de todos modos regresaré!

Más allá, avanzan unas mujeres encorvadas por el peso que traen en sus espaldas. Caminan agitadas y sudorosas; llevan chochoca y papa seca al molino. El viento sopla furioso sobre las copas de los árboles y los tejados de las casas. Los truenos revientan por "Huallío", "Sagarball”, "Ichal" y Algallama. El cielo se ha puesto negro, por cuyo ámbito se cruzan los relámpagos; hasta que de pronto los cerros se cubren de un manto blanquecino y empiezan a caer las lluvias sobre Cachicadán y alrededores, obligando a todos los moradores y transeúntes a refugiarse en sus casas, chozas o cuevas, para guarecerse del ímpetu furioso de dichas precipitaciones, que convertidas en una gran tempestad, caen a chorros por todas partes, deslizándose por las torrenteras de las peñas y de las laderas, arrastrando la palizada que encuentran a su paso.

Las calles, son riachuelos por donde las aguas siguen su curso en su loca carrera hacia las quebradas del "Agua Fría", y de "Mocaboda"; por cuyos cauces a su vez, van saltando impetuosas hasta llegar a "Huaychaca".

El rumor de las aguas embravecidas, se escucha a lo largo y ancho de la población y ya van cesando las lluvias momentáneamen­te; por lo cual empiezan a salir de sus escondites, los zorzales, los conejos, las perdices y algunas "vizcachas" salen por entre las abras de las rocas. También los transeúntes comienzan a salir de sus casas, remangados los pantalones hasta las rodillas y cubiertos con sus ponchos y sus sombreros.

-¡Que tal tempestad hombre!, habla don Patricio.

-¡Que bárbaro!, ¡se "lua bajao" mi chacrita de trigo que sembré en la ladera!, responde don David.

-¡Son meses de invierno pué!, y es bien sabido que Cachicadán es "cielo roto".

$1-             ¡Así es don "Pache", hay que conformarse con lo que hace el Señor!.

Cerca de la quebrada, unos metros más abajo del puente "Confraternidad", el molino de don Absalón, sigue entercado en la mo­lienda, son muchos los días que trabaja sin parar. Es su deleite quehaya agua en abundancia, para avanzar cuanto se pueday así los usuarios no tengan que quejarse que mucho demora.

Don Fernando, recién ha hecho cargar sus sacos de harina sobresus pollinos, debidamente cubiertos con ponchos de agua. Azota a las acémilas y emprende su viaje hasta Huacáz, de donde vino el día de ayer temprano.

Las dos mujeres, doña Rosa y doña Carmen, salen de la casa dedon Raúl, donde se "escamparon" y prosiguen su viaje. Se sacan de los pies los zapatos llanos y los cogen en las manos; es mejor así para no resbalar y para evitar que se les malogre los calzados. Mientras caminan van murmurando en alta voz:

¡Que suerte hemos tenido!, si este aguacero nos coge donde no hay casas, nos deja "chorriandito"!, inquiere doña Rosa.

$1-             Gracias a Dios, que nos hemos "escampao" a tiempo, dice doña Carmen, al mismo tiempo que añade ¡Ojalá que el molino no esté muy ocupao, porque de ser así, en vano hemos caminao tanto!

-¡Lo dudo!, en este tiempo hay mucha molienda, principalmen­te en los carnavales y Semana Santa!, responde doña Rosa.

$1-             Si está muy ocupao, yo lo vuelvo, pa’ llevalo al molino de don "Moño" Pérez.

$1-             ¡Bah!, ese está mas ocupao queste!

$1-             ¡Ton pue, lo dejaremos pa' volver otro día! -¡Habrá que ver, sin embargo!

El agua aún corretea por las calles con sus murmullos incomprendidos, y de las hojas de los eucaliptos caen todavía gotas de agua que se han depositado en ellas. El lodo no deja caminar bien, por lo que hay que hacerlo con mucho cuidado para no resbalar, tratando de evitar las caídas.

Del molino sale don Antonio, bastante apurado, luego levanta la cabeza para mirar hacia arriba y con mucha alegría exclama: ¡Ya escampó!; luego sin más demora pone los "aperos" sobre su pollino y lo hace cargar su saco de harina; tira un chicotazo al animal y parte a "Picomas" acompañado de su hijo Pedro. El asno puja con las cinchas apretadas, al emprender la marcha con paso acelerado y haciendo chapulear las lagunillas de agua, detenida en los hoyos de la calle. A pocos metros, se encuentra con doña Rosa y doña Carmen, se saludan recíprocamente mientras continúan su camino. Cuando ambas mujeres llegaron al molino, no les quedó más remedio que dejar sus granos para otro día, debido a la sobrecarga que existía para moler. Son las cinco de la tarde, el turno de molienda le corresponde a don Leopoldo, quien terminará a las doce de la noche, luego le si­gue don Eusebio y así sucesivamente le seguirán otros hasta el amanecer; la espera es aburrida, pero no queda otra alternativa que la de seguir esperando con paciencia.

Es el anochecer; la lluvia ha vuelto y sigue cayendo menuda en todas partes, impidiendo la salida de las gentes por las calles. Son los días de lluvia del mes de febrero, así de continuas; unos dicen que es por la luna nueva; otros, que es por regla del invierno.

La quebrada ruge, arrastrando sus aguas barrosas y a lo largo de ellas los molinos siguen dando vueltas y más vueltas, rechinando sordamente sobre los granos, convirtiéndolos en harinas. El "Gabino" está rendido por el sueño y ronca con la boca semiabierta en un rincón del molino de don "Moño"; en tanto que en el de don Nazario, don Leopoldo y don Antonio conversan animadamente sobre los asuntos que pasan en el pueblo. Tienen los carrillos con sus respectivos bolos de coca, metiendo pausadamente el "caleador'' a la boca, es decir están caleando para no dormir.

Arriba, en el "Alto Perú", don Serapio, el más viejo del lugar, atisba su molino, se da cuenta que está saliendo algo gruesa la harina, por lo que de inmediato mueve una palanca para que salga más suave, también allí dos mujeres duermen mientras el molino muele.

En "Picomas", El señor Zavala, limpia la palizada de su canal, alumbrado por la luz de una pequeña linterna, mientras la lluvia cae y cae sin duda hasta el amanecer. Abajo en la profundidad se oye el rumor del río "Huaychaca" cargado de aguas que corren de sus afluentes.

Así, iban pasando los años con la misma rutina y con los mis­mos afanes cotidianos en los meses de lluvias.

-¿A dónde vas María?

-¡Voy al molino!, era la respuesta. Pero los molinos hidráulicos en algún momento dejaron de moverse y desaparecieron. De ellos sólo quedan los recuerdos.

 



LOS CARNAVALES

$1-             ¡Viva lo colorao!, decían algunos.

$1-             ¡Viva lo rojo!, añadían otros. Era una pandilla de adolescentes y jóvenes que se desplazaban por la calle "Gallardo", apertrechados con jeringas, globos y baldes, todos cargados de agua mezclada con anilina roja; llevaban además, betunes, polvos, huevos podridos y barro. En el trayecto encontraba transeúntes, a quienes les sacaban cupo. ¡Cuupoo! ¡Cuupoooo!, ¡Cuupoooo!, era el grito unánime y amenazante. Nadie podía negarse a contribuir con algo, a sabiendas que si no lo hacían, lo mojarían y lo teñirían de color rojo con el mismo grito de ¡Cupoooo!; así entraban por las tiendas comerciales, de las cuales sacaban los materiales necesarios para el juego, que los tenderos no se lo negaban.

¡Viva lo coloraooo!, ¡Viva lo rojooo!, se seguía escuchando a lo largo de la calle, en tono desafiante e insultativo. ¡Muera lo verdeee!, ¡Mueraaaaa!, repetían en coro otras tantas voces, agitando las banderas rojas que llevaban como símbolo y color del barrio.

¿Quiénes eran estos jóvenes?. Eran los chicos del barrio "El Rosario", que por tradición formaban el "Partido Rojo" en los carna­vales y por ende tenían todo el apoyo del barrio.

Se acercaba la hora de enfrentamiento con el "Partido Verde", que lo conformaban los jovencitos del barrio" El Carmen", también todos ellos iban por las calles gritando: ¡Viva lo verdeeeeee!, ¡Vivaaaaaaaa!; ¡Muera lo coloraoooo! ¡Mueraaaaa!; ¡cuupooooo!; así, por su parte acumulaban todo lo necesario para el encuentro con sus tradicionales rivales del "Partido Rojo", que en algún momento se iba a realizar indefectiblemente como un acto más en la celebra­ción de los carnavales.

Los observadores de ambos barrios, se iban ubicando en algu­nos lugares distantes para contemplar la lucha sin cuartel de los partidos. No tenían que pasar los límites establecidos, a fin de evitar posibles enfrentamientos, cada uno de ellos deberían estar den­tro de su propio barrio.

$1-               ¡Viva lo coloraoooo!, ¡Vivaaaaa!.

$1-               ¡Viva lo verdeeeee!, ¡Vivaaaaa!.

Ambos bandos, estaban en pie de lucha en el "puentecillo de la discordia". Uno de dichos bandos debería ser el vencedor. Los gritos se confundían unos con otros, repercutiendo por las cumbres de los cerros, desde donde se les podía escuchar nítidamente.

Empezó el enfrentamiento, bravo, despectivo e irónico; en am­bos lados se veía el deseo de vencer, animados por el coraje y la agitación de banderas rojas y verdes. La lucha era de igual a igual donde se cruzaban los baldes de agua con anilina. El agua roja bañaba a los contrincantes verdes y corría como un río de sangre, a la par, ya había una buena cantidad de jóvenes con ropas teñidas de rojo a consecuencia del lanzamiento de los baldes, de las jeringas y de los globos que contenían agua con anilina roja. De la misma forma sucedía con los del partido rojo, la mayoría de ellos tenían las ropas de color verde; momentos después, los dos grupos agota-ron el agua con anilina y entonces se trabaron cuerpo a cuerpo, golpeándose con los baldes vacíos, con las jeringas y embadurnán­dose con betunes, polvos y huevos podridos en las cabezas. Por otra parte, se pugnaba forcejeadamente por arrebatar las banderas, así como por lograr la invasión de territorio contrario, que por su puesto no era fácil, por cuanto cada cual defendía su posesión a como de lugar. Permitir que el partido contrario pase al lado opuesto, era perder la batalla y atenerse a las consecuencias; pues los niños, hombres y mujeres serían teñidos del color del vencedor; lo mismo sucedería con las casas del barrio.

Por algunos instantes se pensó en una derrota del partido rojo, puesto que en una arremetida a fondo, el partido verde ganó posesiones haciendo retroceder a los rojos más allá del puente y cada vez se iba acentuando el retroceso. Pero mientras flameaban agita-das las banderas en alto y amparados en la fuerte resistencia, no se bajaba la guardia. Se hizo un último intento gritando con furia: ¡Viva lo rojoooooo!, ¡Vivaaaaa!, circunstancia que cambió de inme­diato, ante la presencia de refuerzos rojos, con quienes se hizo re­troceder a los verdes, pasando del puente hasta la plaza donde se pintaron puertas y paredes con anilina roja. Así, ganó el rojo al verde, quien consideró una gran hazaña y una más de las tantas ganadas; siendo el comentario de todos los días.

El barrio "San Miguel", tenía su partido carnavalero, cuyo color era el morado, los jóvenes no eran tan belicosos, se caracterizaban por ser tranquilos, de modo que pocas veces hubieron encuentros con ellos en los días de carnaval.

La celebración del carnaval en Cachicadán, tuvo su época de gran aceptación, por cuanto eran días de unificación de las familias. Empezaba con la entrada de "Ño carnavalón", acompañado de la Banda de Músicos, por las principales calles del pueblo y con el paseo de la reina de carnaval; esto se realizaba el día domingo como primer día de la semana festiva en honor al dios momo.

Durante estos días, se realizaban reuniones familiares con el fin de almorzar juntos, por lo menos un día en cada casa; ya sea de los padres o de los hijos. Las comidas especiales eran: "los sancochados" de repollo con yuca y con carne de chancho, "cuy guisado" o "gallina estofada", acompañadas con una porción de arroz o gra­neado de mote de trigo, más yuca o papa; como postre se prepara­ba una "mazamorra" de almidón de trigo, la cual era muy agrada­ble; estas comidas, apenas si tenían ligeras variaciones en algunas familias, generalmente casi eran comunes en todos los hogares. Después del almuerzo, había un momento de juego en la familia, por lo menos con el respeto debido. Papá empolvaba la cara de mamá y viceversa, en seguida papá empolvaba las caras de las hijas y mamá las caras de los hijos. Después de esto se realizaba entre hermanas con los hermanos. Si las circunstancias lo permitían salían a la calle a jugar con los vecinos.

El lunes de carnaval había "palo cilulo" en el barrio "El Rosa­rio". El palo era adornado con globos, serpentinas, banderitas, pa­quetes de dulces, jabones y frutas. En la misma forma el martes de carnaval, el barrio "El Carmen", plantaba su "cilulo" en la plaza de armas, también debidamente adornado; tampoco podía faltar en cada caso el agua, la anilina, el agua en baldes, jeringas, globos cargados con agua, los polvos de arroz y los "chisguetes" de olor aromático que los varones utilizaban para echarle a las damas de sus preferencias.

El juego, regularmente lo hacían los jóvenes con las jovencitas, echándose agua con baldes, con jarros, jeringas o con globos, a lo largo de las calles o en la plaza de armas. Después de jugar con agua, se cambiaban de ropa para continuar tirándose "serpentinas". Las serpentinas contenían oraciones románticas, por cuya razón los chicos y chicas enamorados las tiraban por sobre las cabezas con algunos mensajes como éstos; "Me gustas mucho cinturita de abeja"; "Tics ojos negros me fascinan", "Todas las noches sueño contigo", etc. estos mensa­jes recibían las respuesta mediante otras serpentinas en las que se leían: "No hables tonterías", "Eres un tonto enamorado", "No pienses mucho, porque pierdes tu tiempo". Así por el estilo existía un sinnúme­ro de mensajes serpentineros que se podían utilizar.

Llegada la hora de cortar el "palo cilulo", se formaba alrededor de este, un circulo mixto conformado por parejas de hombres y mujeres, quienes cogidos de las manos, bailaban al son de la música de un "cajero chiroco" o de violines y de mandolinas, alternando a su vez con los cantos de carnaval, que eran entonados a viva voz por los participantes. Las parejas salían una por una, provistos de un hacha, con la cual le daba de hachazos al palo, haciendo diferen­tes morisquetas hasta que lo hacían caer, momento en que se apro­vechaba para coger quien más pueda, algunas cosas que había en el palo, como pañuelos, frutas, jaboncillos, etc.; mientras esto sucedía, el resto de gente arrojaba sobre ellos agua, o con anilinas dejándo­los bien mojados. La pareja que lograba derribarlo, es decir tumbarlo, se responsabilizaba de pararlo el próximo año. Así terminaba la algazara del "palo cilulo".

El miércoles de ceniza, día que precede al primer día de "Cuaresma", el sacerdote imponía las cenizas benditas a los fieles en señal del tiempo de penitencia y como para limpiar la contamina­ción de las personas, adquiridas durante los días de carnaval. Era obligatoria la asistencia de los feligreses a la misa de ese día.

"El jueves de tornaboda" se regresaba nuevamente a los juegos del carnaval. En ese día el barrio "San Miguel", paraba su palo "ci­lulo", al cual concurrían los moradores del lugar para bailar y jugar sin condicionamientos hasta el anochecer.

Durante los días mencionados de juego, los muchachos procuraban capturar a una chica para embadurnarla y mojarla con todo lo que tenían a la mano, pero no era tan fácil lograrlo, porque en esos casos las demás mujeres salían en su defensa, si era posible con piedras y con palos. Más fácil era que un hombre caiga en las manos de ellas, pero ¡pobre de él!.

También se jugaba el "gallo tapado", que consistía en tapar un gallo en el suelo, dejando solamente la cabeza descubierta a flor de tierra. Los participantes en el juego eran vendados, a quienes se le entregaba un palo, con el cual tenía que matar el gallo. Algunos sólo daban garrotazos al suelo sin tocarlo; otros acertaban un tanto, pero quien lograba acertar el garrotazo de muerte, era el vencedor y en tal caso tenía que poner el gallo el próximo año.

Así celebraban los carnavales en el pueblo nuestros antepasados, con respeto a los mayores, unificados familiarmente, con entusiasmo y reciprocidad. Entonces ¡Como no añorarlos! Y como no decir; ¡Cualquier tiempo pasado fue mejor!.

En los años posteriores las costumbres fueron cambiando, pero las impresiones que causaron en los que hoy recordamos ese pasado no han cambiado, siguen latentes.

Cuando pasamos por el puente donde se libraban los enfrentamientos del "Partido Rojo" con el "Partido Verde", un suspiro, tan de pronto sale de los corazones envejecidos que miran cuánto ha cambiado el puente en relación al de ayer. Tiene una estructura nueva, ha recibido un nombre, el cual es "Puente de la Confraternidad", sí, porque ahora une los lazos de amor fraternal entre todoslos cachicadanenses, como hermanos que somos, hijos de esta tierra noble y generosa y porque une el barrio "El Rosario" con "El Carmen", viejos rivales que en los tiempos idos del carnaval no permi­tían el pase libre de los moradores de ninguno de los lados sin que primero no se produzcan grescas. El nombre "Confraternidad" es un homenaje justo e imperecedero a la rivalidad en el juego. Ahora, podemos transitar libremente de un lado a otro sin rencores ni resentimientos, nada nos divide; el puente unifica a los cuatro barrios. ¡Gracias PUENTE DE LA "CONFRATERNIDAD".

palo cilulo en el club sport union cachicadan

Celebración del Palo “Cilulo”. Club Sport Unión - Cachicadán

 



LA SEMANA SANTA

Cachicadán, celebraba la Semana Santa con mucha religiosidad. Había un fervor muy especial en cada persona, puesto que lo consideraban como días de recogimiento espiritual y en ese sentido trataban de darle un realismo muy singular, en el que resaltaba al mismo tiempo el respeto a la tradición y el cumplimiento estricto de las recomendaciones del sacerdote, al celebrar cada pasaje de la pasión, crucifixión y muerte de Jesús.

Los responsables de celebrar la semana santa eran los"estandarteros", a quienes se les comprometía de un año a otro, lo quieran o no, era una obligación que la tenían que cumplir sin reclamo algu­no, sean pobres o ricos; bastaba el hecho de ser residente en el pue­blo. Así que por mas pobre que fuese, tenía que esforzarse a cum­plir tal designación.

Cada "estandartero" tenía que hacer un gasto especial para quedar bien; durante todo el año guardaba los centavos necesarios, ya sea trabajando en algo para ahorrar o vendiendo algunas cosas que poseía, no importaba si tenía que privarse de otros gastos elementales; tomaba en cuenta que las costumbres exigían la preparación de pan, biscochuelos, alfajores, rosquitas, basitas, pasteles y diferentes dulces especiales, para distribuirlos en el vecindario sin que se quede ninguna persona, haciendo dicha distribución casa por casa; a más de esto tenía que pagar la misa, dar de comer a quienes ayu­daban en los adornos de las andas para la procesión, al sacerdote, a los diferentes personajes que intervenían en la representación de los actos celebratorios, y pagar a la banda de músicos y otros.

La distribución de los dulces en mención se efectuaba en platos especiales, envueltos en manteles blancos de mucha pulcritud, ocho días antes de la celebración de la semana santa, en el siguiente orden: Viernes para viernes de dolores, Lunes para lunes santo,Martes para martes santo, Miércoles para miércoles santo, Jueves y viernes para los mismos días equivalentes etc.

El hecho de hacer llegar un plato de dulces a cada casa, era con la finalidad de comprometer con una "cera" a quienes lo recibían, a fin de que con tiempo lo compren y vayan a alumbrar en la procesión del respectivo día, para el cual el "estandartero", le había mandado el plato. Por otra parte como se ha especificado, era responsable de los gastos de adorno y de ceras para el "anda" y el tem­plo.

Los "estandarteros" del jueves y del viernes santo, eran los que mayores gastos hacían, dado un sinnúmero de compromisos que había que asumir.

La semana propiamente dicha, empezaba con el "Domingo de Ramos", llamado así a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Se iniciaba en la intersección del camino a Llaray y la calle "Gallardo", en el sector "El canto", continuando su recorrido por la calle "Li­bertad," "San Martín", hasta llegar al templo. Los feligreses acom­pañaban a la imagen en procesión, portando ramas de olivo, flores y palmas dando así testimonio de su fe. La procesión iba acompa­ñada de la banda de músicos y de cantos religiosos. Las calles por donde pasaba la imagen, se encontraban adornadas de ramas de sauce en las veredas, semejando una alameda.

Las procesiones de los días lunes, martes y miércoles, eran bastante concurridas, pues muy pocos quedaban en casa; pero mucho más concurridas eran las de jueves y viernes santo; en ambas procesiones, de preferencia iban las autoridades acompañando al "es­tandartero", quien a su vez portaba el estandarte con dos puntas, al lado del cual iban los borleros cogiendo las borlas del estandarte. Delante iba el anda con la imagen correspondiente, llevada en los hombros de los fieles, los que lo hacían con tanta devoción que haciendo esfuerzos ponían caras de santos. Detrás del anda iba el sacerdote y detrás del sacerdote, la banda de músicos tocando las marchas fúnebres. A los costados de las calles, mejor dicho por las veredas, se desplazaba el público; a un lado las mujeres, todas con sus ceras, al otro lado los hombres, igualmente con sus ceras. Tanto las mujeres como los hombres en su mayoría estaban presentes por el hecho de haberse comido el platito de dulces enviado por los estandarteros y porque disimuladamente un apuntador los estaba controlando si es que estaban cumpliendo, aunque también no fal­taban muchos que estaban alumbrando por pura devoción sin reci­bir nada de dulces. En la fila de hombres se filtraban los llamados "judíos"; estos eran los que iban a las procesiones para cometer desmanes, aprovechando las oportunidades para aplicar el "pan de boda" que consistía en golpear fuerte a las mujeres en la cabeza o también a muchachos distraídos, con una cera o con bolos de esta que se hacían derritiéndola y luego dejándola enfriar con una pita dentro. Los golpes recibidos dejaban chinchones en la cabeza que duraban por varios días, generalmente estas cosas lo hacían los "vagos" que no respetaban la solemnidad del momento; además de esto, se proveían de unos tubos de carrizo para soplar con ellos frutos de saúco en las caras de hombres y mujeres.

Jueves era el día en que sacaban al crucificado dentro de un anda iluminada de ceras. Cargaba el crucifijo el "varón santo", estrictamente vestido de túnica blanca y amarrada la cabeza con un turbante blanco. El "varón santo" cargaba el crucifijo en forma vertical, sosteniéndolo con las manos a la altura del tórax y la cintura y con la frente durante el largo recorrido de la procesión; para quien estaba bien o tenía la fortaleza necesaria no era pesada, sino liviana; otros manifestaban que era muy pesada, pero que valía la pena para mitigar las ofensas causadas al Señor. Acompañaban así mis­mo al cortejo religioso los "penitentes", personajes vestidos de tú­nicas blancas, que cumplían las penitencias impuestas por la iglesia en señal de arrepentimiento; ellos cargaban una cruz, se azotaban con un látigo o arrastraban cadenas en los pies; según haya sido su grado de culpa. El "estandartero" y los "borleros" de este día caminaban lentamente, con la mirada fija, los labios cerrados, tratando en lo posible de reflejar cara de santos. Atrás, acompañada de las mu­jeres, iba el anda de María en cuyo rostro se reflejaba el sufrimiento de madre causado por el dolor que sentía al ver el cruel sufrimien­to de su amado hijo.

semana santa en cachicadan

Procesión actual en el Domingo de Ramos.

El viernes santo era el día más triste de la semana, por cuantos según los devotos había muerto el Señor Jesús, por lo que exigía guardar duelo general y en tal virtud la mayoría vestía ropas de color negro. Nadie hacía algo en su casa por temor de aumentar el dolor del Señor; por ejemplo si cosía ropa, cosía al Señor; si rajaban leña, herían al Señor con el hacha. Tampoco comían carne, porque lo comían al Señor etc. Existía un sinnúmero de cosas que no debería hacerse durante los días de la semana; lo importante de todo era que todos trataban de cumplir en lo posible y estrictamente; aunque no faltaban los descarriados que primero tenían que ir a echarle "un bendito" en doña Angela o en doña "Marca poto" o en cualquiera otra chingana, para después acompañar la procesión. El "bendito" eran muchas copas de alcohol, que ingerían para aplacar el frío decían, pero salían mareados y en vez de caminar bien en la procesión, entorpecían todo, a veces presentando papelones, mientras que otros más ecuánimes, sólo dejaban salir olor de alcohol al hablar.

Durante la procesión, el cuerpo de la imagen era conducido en un pequeño féretro llamado "urna",la misma que estaba adornada con guirnaldas de flores y de hojas de palmeras. El rostro de Jesús se veía desencajado y maltrecho con la expresión de la muerte, pues quienes miraban con el alma abierta podían advertir así en las pinceladas del escultor, cuan profundos y crueles fueron los sufrimientos que padeció nuestro Señor Jesucristo por la salvación de la humanidad.

El "anda" lo conducían cuatro cargadores con vestiduras blan­cas, en los que se reflejaban la seriedad, el dolor y la tristeza, llevaban los pies descalzos caminando sobre el empedrado de las calles, soportando el peso de los gruesos maderos que cargaban, con los hombros adormecidos y con rostros sudorosos. Detrás iba la virgenMaría, la dolorosa, tras su hijo amado y vestida de negro la cual era llevada en hombros por las mujeres que asistían a la procesión. Por su lado el estandartero, vestido de negro portaba receloso y tímido el estandarte, su mirada se concentraba en el público para ver si todos los que recibieron los dulces estaban presentes. Ante esas miradas, los hombres y mujeres hacían todo lo posible para ser vistos y no ignorados. Sólo volvían a la realidad cuando de rato en rato oían el sonido de la "matraca" que algún encargado del sacerdote lo hacía tronar con sacudones de las manos.

El sábado de gloria, era día de gozo y alegría porque era la víspe­ra de la resurrección, se celebraba con banda de músicos que amenizaban el baile a todo dar en la casa del responsable de dicha fies­ta y donde abundaba la chicha de jora, el anisado y los "calientitos", amén de todas las costumbres adquiridas en el afán de cele­brar la semana santa; todas estas cosas se arreglaban asistiendo el domingo de resurrección a la misa, con esto se justificaba todos los desarreglos de comportamiento. Aquí terminaba todo lo concer­niente a la semana santa. Ahora ya no había motivo para sentirse tristes ni con caras compungidas, había que reír, tomar licor, bailar y divertirse de lo lindo volviendo a la vida cotidiana con todos sus placeres y maldades, seguir mintiendo, robando, adulterando, odiando etc. será hasta el próximo año con los nuevos estandarterosque ha gritado el señor cura. Año a año lo mismo, la misma rutina. El verdadero cristiano reflexiona en el significado de la "Semana Santa" y cree que Jesús murió en la cruz derramando su sangre pre­ciosa para salvación del hombre, por lo tanto debe arrepentirse dejando para siempre de hacer lo malo y vivir para Dios.

 

viernes santo en cachicadan

Procesión de Viernes Santo en Semana Santa de Cachicadán (Celebración Actual).

 



HUAYCHACA

puente huaychaca en cachicadan

Otrora Puente de! río Huaychaca, construido en 1915

I

¿A dónde vas Huaychaca con tus aguas cristalinas de Junio? ¡Respóndeme!.

Bajando "la Granja", te miro allá abajo con tus aguas correlonas y bulliciosas. Empero tú sigues callado ¡Decidme por favor! ¿Adonde vas?; ¡No respondes!.

Paso el puente formado de dos palos dormidos sobre las rocas plantadas. No veo el "El Puente de Arcos" y entonces pregunto ¿A dónde se fue?, ¡Continúas callado, no me respondes!, ¡Miro hacia arriba!, ¡Hacia abajo!, ¡A los lados! Y otra vez pregunto: ¿dónde está el puente de arcos de hermosas piedras labradas y ajustadas con cal y canto?. Escucho el canto agónico de tuHidroeléctrica, ¿qué ha pasado con ella?. Espero que me respondas y tú nada dices!. Te mantienes en tu mutismo.

¡Sopla un viento ligero!, que me acaricia bruscamente, como queriéndome arrancar el sombrero para llevarlo quien sabe a donde, pero yo lo sostengo con una mano sobre mi cabeza. Es la fresca brisa mañanera acompañada de olor fragante de los eucaliptos, de los magueyes, de loshuños, de lasachupallas y de losshayapes. En los ramajes de las arboledas, los pajarillos trinan gorjeando sus cantos. Cada canto es un poema que alegra o conmueve el alma, aún así, el río sigue melancólico y eterno, rumiando calladamente las distan­cias.

¡Camino a Santiago! unos van, otros vienen caminando sin palabras y saboreando la fatiga, hay silencio por doquier. ¡Pasos van, cada vez más arriba! Y el río va quedando atrás.

¡Huaychaca de ayer!, ¡Huaychaca de marzo! de aguas bravías y rugientes. ¡Huaychaca caudaloso, que asustas con tu bravura!, ¡Responde!, ¿A dónde vas?.

¡Silencio!, ¡Silencio!, ¡Silencio!

Serpentea el camino ¡Arriba!, ¡Arribaaa!, la empinada cuesta preñada de zig zag. ¡Son los quengos!, ¡Anaaayyyy!.

"Warauyas", "molles", tunales, "guarangos"¿Y el río?.! Abajo en su lecho!, ancho, largo, de playas pedregosas y de arenales.

¡En el camino!, pedregales! Sí, pedregales mil. ¡Derrumbes!, no se ve el camino, se ha perdido. ¡Abandono!, ¡Olvido!, ¿Qué hacen los alcaldes?. ¡Ellos duermen!. No caminan por aquí como antes lo hacían, ahora sólo viajan en "combis". ¡Ah los años idos!, ¡Las repúblicas de los caminos!. 50, 100, 200 hombres con sus "palanas", barretasy sus picos, arreglando los puentes y los caminos con sabor comunal. ¿Volverán esos tiempos?

¡Nadie responde!, ¡No se oye padre!

¡Gimen los caminos polvorosos y escabrosos, a medida que sienten las pisadas del caminante!. Abajo, siempre el río.

¡Huaychaca!, río de mi provincia. Te miro desde arriba, en el último recodo del camino zigzagueante!.

¡Anaaaayyyy!, ¡Qué calor!, los rayos del sol son quemantes.

¡Corre el sudor!, ¡Estoy cansado!, pero me gusta mirarte, y entonces te veo majestuoso, como un espejo serpenteante, con el azul de tus aguas de junio, que te vas y te vas y que te pierdes en la leja­nía como un hilo de plata, para entregar tus aguas al río "Santa".

Dejo de mirarte y continúo subiendo la cuesta hasta vencerla y entonces aparecen "Chuzgón", "Sale si puedes" y por último "Santiago", ¡Que respiro!.

 


 

II

¡Anaaayyyy!, ya es la tarde. Camino de regreso a Cachicadán; vuelvo correteando la bajada y otra vez te veo ¡Huaychaca!, hermo­so, alegre y grande, flanqueado por tu Hidroeléctrica ¡Quién como tú!, que ahorita vas cantando y murmurando las tristezas de la vida, sin sentir dolor ni remordimiento, porque siempre fuiste ino­cente y justo. Tu pecado es callar, callar y callar, nadie te arranca tu silencio misterioso.

¡Huaychaca mezquino!, que lloras en el silencio doliente de las noches calladas.

¡Responde!, ¿Sabes por ventura a donde se fue el puente de ar­cos?

El silencio. siempre el silencio; sólo el murmullo del viento y de las aguas. Detrás, la voz de un amigo rompe el silencio. ¡Yo sé lo que paso! ¡Un aluvión se lo llevó!, una tarde negra, como negra fue la co­rriente que embalsó el río cargada de palizadas, de barro y de pedrones, arrastrados por los huaycos producidos a lo largo del río "San Antonio" y "Chacomas".

¡Qué pena!, ¿Cuándo habrá un nuevo puente así? no se sabe, talvez nunca.

¡Adiós inolvidable puente!, que pena que la corriente te llevó con su bravura indomable. Ahora sólo vivirás en el recuerdo de los que conocieron tu grandeza, de los que admiraron tu belleza y tu estructura como obra de arte, ¿De qué valió la furia?, sino para derribar los muros del puente. Bella obra de la mano del hombre.

Huaychaca, ahora lloras, tienes razón de llorar al reflejo del atardecer y de las sombras que poco a poco van ocultando la luz del sol. ¡No llores, tú no tienes la culpa!.

Cruzamos los dos palos dormidos. ¡Medrosos!, pero ya estamos al otro lado, volteando al pie de los montículos cubiertos de matorrales y salta el recuerdo sin querer.

¡Aquí mataron al "Moshco" Modesto Castillo, hace muchos años! Sí, allí lo mataron los gendarmes cuando lo conducían ama­rrado a Santiago de Chuco, le rompieron la columna vertebral y lo atravesaron sobre el lomo de un mulo, como si fuese la carne de un animal cualquiera; mientras su sangre iba regando el camino pol­voriento cuesta arriba hasta llegar a la plaza de Santiago, donde lo bajaron para exhibirlo ante los ojos del pueblo. ¡Qué tal crimen!

¡Asesinos!, ¡Asesinos!, ¿Quién les dijo que lo mataran? ¡Acaso no nos duele hasta hoy!

¡Tú lo viste! ¿Verdad Huaychaca? ¡Pero callas!, no respondes. Tú sabes que fue injustamente, que sobre él descargaron todo el odio empozado de los verdugos, tan sólo porque amó la libertad y el respeto de la dignidad humana. Porque levantó su voz contra los abusos de un potentado.

¡Cuantas cosas dicen de ti "Huaychaca"!. Dicen que tú viste pa­sar a los chilenos rumbo a Huamachuco, escuálidos y hambrientos, con sed devoradora de guerra. ¡Miserables invasores!, ¿Porqué no los destruiste?

Recuerdos que se les hacía creer a los niños que las turbinas de tu Hidroeléctrica alguna vez funcionaron con la sangre de los cami­nantes.

Viste pasar cadáveres de personas y animales, arrastrados por las corrientes de aguas arriba y que eran varados más allá en la lejanía a las orillas de tus playas calurosas.

Viste pasar a los presos conducidos a Santiago, jalados por ca­ballos y con los pies sangrantes, casi semimuertos. ¡Brutal castigo! de los hombres perversos e inhumanos.

Tú sabes de los sufrimientos de los jóvenes conscriptos que caminaban amarrados en cadena para convertirlos en soldados de la patria; tras ellos las madres llorando como magdalenas porque le arrancaban su misma vida.

Veías pasar parejas de enamorados, que se iban escondidos de sus padres aprovechando la luz de la luna.

Que viste pasar arrieros y comerciantes, así como diputados, senadores, prefectos, subprefectos, fiscales, jueces y monseñores de ida y de regreso.

También dicen que los abigeos cruzaban el puente llevándose toda clase de animales robados y no se cuántas cosas más.

Fueron los profesores los que hasta hace algunos años desempolvaban tu viejo puente, para regresar muy contentos de Santiago con su "pago". Hasta que las "combis" llegaron y de ti no más se acordaron.

Si hablaras nos contarías, pero prefieres callar. Mejor es así.

¡Tú no tienes la culpa!, nunca lo tuviste y por ello no tienes que arrepentirte.

¡Entonces sigue tu camino!, que tus aguas sigan corriendo, crecidas o tranquilas, bravas o mansas, cada vez más lejos por los cau­ces profundos hasta el mar y de allí hasta las nubes, para de allí volver como lluvias nuevas para regar los campos y correr siempre turbulentas o cristalinas.

¡Pálida tarde de loros en bandada!, de plumaje verde oscuro y caperuzas rojas, que dando vueltas vuelven a los peñascos para dormir hastiados de choclos de las chacras de maizales de "Picomas".

¡Gorgeo de tordos y picaflores!

¡Silencio, silencio, silencio!

Solo las aguas se van llorando

a la oración de la tarde,

Mientras las sombras crecen al declinar el sol.

¿Adónde vas Huaychaca!, ¡Responde!

Mas arriba de la"Granja" te vuelvo a mirar

Y te escucho que estás llorando.

Tú no tienes culpa de nada.

La tarde dormita en el crepúsculo color de oro, que se refleja enlas nubes y en las aristas de los cerros. Los riscos forman altas paredes por la margen derecha e izquierda, proyectando grandes sombras por entre las cuales el río sigue su destino de siempre; mientras atrás en la distancia va quedando el lugar donde fue la bocatoma que desviaba el agua del río para seguir su curso por el canal construido por la margen izquierda rumbo a la Hidroeléctrica y que ahora como una larguísima serpiente destrozada en segmen­tos, yace quieto soportando la furia de las inclemencias del tiempo devastador.

En la playa a la orilla izquierda del "Huaychaca" está la durmiente Planta Hidroeléctricacon sus turbinas paralizadas, esperando ser movidas por el agua que quizás algún día regresará, no pierde esa esperanza. Allí se queda acompañada de un guardián y con el recuerdo del "Huacha" Manuel, de "Floro", de Teodoro y de las noches de los atentados terroristas que en dos oportunidades lo dinamitaron, pero aún así siguió sobreviviendo y brindando el servicio de energía eléctrica para Cachicadán y Santiago de Chuco.

Hay muchas cosas que decir y escribir, pero el ocaso del día se aproxima. Sólo es un relato del caminante que con pasos cansados avanza por el sendero que se pierde entre molles, "tayos" y eucaliptos.

¡Adiós Huaychaca de mis trajines!

 



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Santa Cruz 217 – Trujillo

Telf. (044) 207971

 



Solapa

Don Fidel, como lo llaman sus amigos, se matri­cula en primer grado de Educación Secundaria Noc­turna del Colegio Municipal "San Martin de Porres " de Cachicadán. Para asistir a clases tiene que viajar en carro (18 Km) o a pie, por camino de herradura a Huaychaca durante dos horas desde Santiago de Chuco. Es entonces que se conoce al hombre, ávido de cultura, esforzado a lo máximo, pero decidido a triunfar.

Cuando termina Secundaria se aviva su vocación de educador cubre licencias en escuelitas del campo, hasta que logra un nombramiento en Candogurán, el caserío más lejano de Cachicadán. Pronto inicia y ter-mina sus estudios oficiales de profesionalización pedagógica, graduándose como Profesor de Educa­ción Secundaria en la especialidad de Ciencias Sociales y Artesanía. A partir de 1981 trabaja como docente en la escuela donde fue alumno, en su pueblo, de donde no se moverá, porque piensa, como Vallejo, que "hay mucho por hacer"; ahí está. El profesor Velásquez no es Director, pero hace buena labor desde el aula y cuando tenía encargar oras de Direc­ción.

Cuando en 1988 se establece un anexo del Insti­tuto Superior Pedagógico "Indoamerica " de Truji­llo, en el distrito de Cachicadán, trabaja como docen­te y a partir de 1992 como primer Director encargado del reciente Instituto Superior Pedagógico "Ca­chicadán" haciendo una buena gestión.

Paralelamente a su trabajo educativo, don Fidel fine dos veces alcalde de su pueblo. En su gestión apoyó decididamente a la educación, logró la reali­zación de obras importantes, ya por gestiones espe­ciales o movilizando los recursos propios del pueblo, porque en ese tiempo ni los alcaldes tenían sueldo, ni tampoco presupuesto del gobierno. Se trabajaba gratis, pero con amor y entusiasmo. En esta etapa Fidel Velásquez demostró que era un hombre de fe y de coraje, porque no corrió ni se amilanó ante el terrorismo, que mataba sin lastima a las autoridades.

Hoy, en la tranquilidad de su hogar, está dedica-do a rescatar y difundir el legado histórico y las cos­tumbres de CACHICADAN, a través de una producción cultural y literaria que en su mayoría aún se encuentra inédito.

Carlos Alfaro Reina.

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