CACHICADÁN, ENVUELTA EN SU REBOZO



Danilo Sánchez Lihón


«Cachicadán, tierra de mis ensueños
Cachicadán, tierra de mi ilusión
yo desde aquí, de pie, le grito al tirano
la libertad nunca muere, viva la revolución»
Luis de la Puente Uceda

 

1. El misterio de su destino

Una dulzura infinita nos invade el alma a los chucos cuando pensamos que nuestros pasos van rumbo a Cachicadán.

¿Será por el camino pródigo para ir hacia él y que se abre como las alas de una mariposa alucinante?

¿Será por sus flores que se extienden por sus laderas en matices de azules, gualdos, fucsias y albos? ¿Será por su aroma a anís, manzanilla y alcanfores?

Siempre hay unos ojos negros, a la vez de entrega y a la vez esquivos, que se esconden tras de alguna puerta, balcón o esquina.

Dista Cachicadán de Santiago de Chuco 45 minutos que se viajan o caminan conmocionados por una explosión telúrica que hace la cuenca del río Huaychaca, hasta llegar a esta ciudad enclavada entre bosques de alcanfores.

Es un balneario hermoso de aguas termales que emergen a borbotones a flor de tierra en el llamado “Ojo de agua” en la base del cerro La Botica, a cuyas faldas se extiende la población de casas siempre enlucidas de blanco, de calles adornadas de cadenetas, donde en su paisaje siempre hay un niño, y una muchacha, que representan el misterio de su destino.


2. Una emoción siempre dulce e idílica

Cachicadán es trino de mandolina, brillo iridiscente, epifanía. Está situada a 2,885 metros sobre el nivel del mar y cuenta con todos los servicios turísticos: restaurantes, hoteles y comunicaciones.

Rodeado de montañas, amanece y anochece entre sus campos sembrados, aquí y allá, de maíz, trigo, cebada y hierba buena.

¡De trinitarias y zarzaparrilla!

Es una combinación de colores verde, dorado, azul y el magenta de sus flores de que están sembrados sus caminos.

Sus plantas medicinales se extienden desde sus cañadas abismales y se elevan hasta la cima de sus montañas tutelares.

En su cabecera y hacia lo alto se eleva el cerro La Botica que preside su vida, su eternidad e infinito y donde se concentra el prodigio de su farmacopea esparcida y silvestre en sus variados pisos ecológicos.

Cachicadán es fuerza, eclosión, estallido telúrico; es sutileza de los matices de las flores imprevistas que se encuentran en lo más recóndito de una grieta o una cúspide.

¡Es una emoción siempre dulce e idílica!


3. El añil del cielo cristalino

Cierro los ojos y Cachicadán se me ofrece límpido en algunas imágenes que sobrevivirán a todas las catástrofes que me ocurran y a todos los triunfos que no espero.

Sobrevivirá, el estallido de estas flores que abundan en sus jardines y huertos, que crecen entre las piedras y hasta en las rendijas de los adobes, a todos los Apocalipsis.

Sus panales de mieles son casi inhallables entre las hortensias, geranios y jazmines, si no fuera porque zumban sobre ellas las colonias de abejas que van a entregar rumorosas la bendición de su trabajo y de sus juegos.

Sus alfombras de flores están cubiertas por mariposas de todos los colores y los moscardones ronroneantes que abundan en sus huertos.

El vapor del agua caliente, que recorre al descubierto por sus canales de piedra y musgo, al elevarse cubre de un velo blanco de novia irreal y sugestiva a esta tierra.

Y la entrega al sol que se acuesta por la lejanía. Y nos quedamos aquí entonando endechas con una guitarra, ante el verde de las pencas, magueyes y eucaliptos, como ante el bermejo de lomas, colinas y luego el añil del cielo cristalino.


4. De allí su nombre

Desde muy niño yo, como todos los escolares de los diferentes centros educativos de la ciudad de Santiago de Chuco, contemplamos hacia la cuenca del río Huaychaca a Cachicadán.

Reluce en la banda de enfrente, como una joya engarzada en el fulgor del alba.

Perla incrustada en los cerros y laderas que suben o bajan de la hondonada y que se ofrece como un idilio de casas entre el verdor de los campos, bosques y sembríos, al lado de otro pueblo igualmente querido como es Santa Cruz de Chuca.

Hasta que un día, cuando apenas podemos caminar por un sendero empinado y pedregoso, se inicia la excursión en la cual ya estamos descendiendo por la cuesta de Sale-si-puedes. Lo bajamos presurosos.

Lo difícil será subirla de regreso, de allí su nombre: “Sale-si-puedes”.


5. Algún remanso para aliviarnos

Volver nuestros pasos por esta pendiente será la proeza. El agobio nos hace cogeremos a los arbustos para impulsarnos hacia arriba a fin de seguir avanzando.

Sufriremos de sed inclemente. Y de dolor en los pies por lo pedregoso del camino.

Pero esta vez estamos bajando y lo hacemos felices y a la carrera.

Pronto llegamos al río Huaychaca. Siempre aparecen allí, extraídas de nuestras alforjas: naranjas, limones dulces y limas olorosas.

Tras extasiarnos en la turbulencia de sus aguas, que se precipitan en chorros impetuosos, buscamos algún remanso para aliviarnos del sudor y la agitación de la bajada.

Nos sumergimos en sus aguas que, recién y sólo aquí, sabemos que descienden de las jalcas y de sus cerros nevados.

Luego nos vestimos apurados a la sombra de sus huertos que abundan en higos, guayabas y nísperos.


6. Un guerrero vigilante en los abismos

Luego de alistarnos, agitados por el apuro, avanzamos a la vera del río.

Allí se ofrece a la contemplación de nuestros ojos, y fascinación de nuestros oídos ante el retumbo de las aguas que corren abajo, el soberbio puente de piedra que cruza de banda a banda el cauce de las aguas turbulentas.

Es un puente de piedra de dos arcos que se elevan airosos sobre el fragor de la corriente que brama humillada e impotente de no ser ella una privación o un atajo.

Siempre fue un orgullo para nosotros pensar, en las noches inclementes y recogidas bajo el techo protector de nuestras viviendas, que aquel puente fuera un combatiente atravesado sobre lo eterno.

Un guerrero vigilante en el pavor de los abismos. Y a favor de los frágiles caminantes que a esas horas estarían expuestos a la tempestad, al frío y a las tinieblas.


7. Nidal de ensueños

Y, sobre todo, enfrentando a las avalanchas que siniestras se precipitan por el cauce de los ríos.

Lo cruzamos reverentes, mirando desde los bordes del puente, paternal y amigo, cómo las aguas se revuelven furiosas allá abajo.

Cólera que es tratada con indulgencia, por alguien que la perdona y mira compasivo desde arriba, ¿quién? ¡el puente!

Luego, pasando el río, empezamos la subida de la ladera hacia Cachicadán con la ilusión de que a cada vuelta de colina o loma se ofrezca finalmente el pueblo adonde vamos.

Para nuestra ansiedad nunca aparece, hasta que cuando el cansancio nos doblega, de repente se avizora –como en el éxtasis y estupor de quienes buscan la tierra prometida ¡y la encuentran!– las filas de las primeras casas blancas.

Es el barrio de El Rosario, más conocido como El Canto, elevado e íntimo en este nidal de ensueños.


8. Hierba buena, tomillos y shiraques

Entrar a Cachicadán siempre es una alegría, un regocijo del alma, un motivo de exaltación y ternura.

Respirar el olor de los alcanfores, sus calles invadidas por el humo de la buena comida. La sombra amable de sus tiendas donde –sólo por entrar y estar allí– compramos cucuruchos de arroz, alfajores, manzanas del valle, granadillas, el agua gaseosa llamada “Volcán”, o ¡lo que sea!

Contemplar los balcones azules o caobas de sus casonas, las acequias que corren delante de las edificaciones de techos y ventanas vetustas.

Y los puentes que se tienden de la calle a las puertas de entrada, creciendo abajo en la acequia matas de hierba buena, tomillos y shiraques.

Cruzar las tablas y maderas cimbreantes de los puentecillos de los domicilios o las tiendas, hace del hecho rutinario, cual es entrar a una casa, una prueba de equilibrio, un acontecimiento etéreo, maravilloso e inusitado.


9. Envuelta en su rebozo

Y luego, por las calles retorcidas y empedradas de la parte alta del barrio San Miguel, subir a ver El Ojo donde brotan las aguas termales.

Aquí aspiramos la fragancia del cerro La Botica que sintetiza el aroma de todas las flores y plantas del universo que curan los males del cuerpo y sanan las heridas del alma.

Como también, en cualquier recodo quedar estremecidos por el rostro hermoso de alguna niña o muchacha, tímida, pudorosa y hechizada.

Sea que aparezca o desaparezca tras de un pilar, columna o muro de alguna casa.

Sea que permanezca en un patio o un corredor, límpida y a la vez misteriosa como una fuente.

Sea viéndola arrebolada, o cruzar como un céfiro con una falda flameante, ¡envuelta en un rebozo imaginario que solo está en su anhelo, va con sus brazos desnudos apretando o escondiendo sus senos estallantes!


10. Innumerables bosques de eucaliptos

Una vista panorámica de Cachicadán, situados desde el Campo Santo, denominado Jerusalén, nos permiten ir reconociendo algunos hitos:

En la parte alta el Cerro La Botica, al pie del cual brotan y fluyen las aguas termales de propiedades minero-medicinales que han convertido al barrio próximo, llamado San Miguel, en el sector de turismo en salud.

Por un flanco del Cerro se ubica el camino que conduce a los restos arqueológicos de Wallío y Sagarbal.

En los contornos destaca la presencia de innumerables bosques de eucaliptos que rodean la ciudad y le brindan el aroma característico que tiene el lugar.

A la derecha hay un mirador natural que es el cerro llamado Alto del Perú, al pie del cual se asienta la campiña de Mocaboda.


11. Al pie y hacia el centro

Mirando en lontananza y hacia la izquierda es notoria la presencia del cerro El Angla.

Al fondo, se aprecia el majestuoso cerro Ichal, famoso por sus restos arqueológicos, en el cual se ubica el Santuario del dios Catequil.

Al pie y hacia el centro está el conjunto de casas donde, hacia la derecha, se ubica la Plaza Mayor.

A la izquierda el barrio de El Rosario, más conocido como El Canto, donde actualmente se ha erigido El Arco que es el pórtico de ingreso principal a la ciudad.

En la parte baja está el sector donde se ubican los centros educativos de todos los niveles que tiene la localidad.

Cachicadán siempre se mira a la distancia envuelto en una especie de neblina dorada y en un aura mágica.


12. Retornemos a encontrar consejo

Pueblo dulce, lírico, amoroso, donde por las noches no faltan las notas estremecidas de una serenata.

¡Yo allí las he dado!

Retornemos a todos estos elementos fundamentales de la vida, a la reserva moral que constituyen nuestras cumbres, fuentes, ríos y nuestras casas nativas.

A las nieves eternas, jamás corruptibles, límpidas y de una fuerza inmarcesible, siempre inspiradoras y, a la vez, compasivas en lo alto de nuestras cordilleras.

Retornemos a encontrar sabiduría y consejo en nuestros apus, huacas y pacarinas.

Todos ellos protectores, sabios y afectivos en estos tiempos aciagos.

http://nalochiquian.blogspot.com/2010/12/aula-capuli-sabado-11-de-diciembre.html

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